26 nov 2020

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EL ANFITEATRO

'Benvenuti a Il Gran Teatro del Liceo'

Rosa Massagué

La próxima temporada presenta un exceso de ópera italiana y la ausencia total de creaciones del siglo XX y XXI

Los aficionados a la ópera italiana y en particular al ‘belcantismo’ están de enhorabuena. La programación de la próxima temporada del Gran Teatre del Liceu parece estar hecha exclusivamente para ellos. De los 13 títulos anunciados, nueve son de compositores italianos y de estos, Donizzetti repite con tres óperas (‘L’elisir d’amore’, ‘Poliuto’, y ‘La Favorite’) y Verdi con dos (‘Un ballo in maschera’ y ‘Attila’). Las otras obras son ‘Il viaggio a Reims’ (Rossini), L’incoronazione di Poppea’ (Monteverdi), ‘Andrea Chénier’ (Giordano) y ‘Manon Lescaut’ (Puccini). El resto no italiano lo conforman ‘Tristan und Isolde’ (Wagner), ‘Roméo et Juliette’ (Gounod), ‘Ariodante’ (Händel) y ‘Demon’ una rareza rusa de Anton Rubinstein.

Si hace un año cuando se anunció la presente temporada ya era evidente un gran desequilibrio de títulos, la próxima sigue en la misma tónica. Tratándose de un teatro de ópera financiado en buena parte por las administraciones públicas (o sea con el dinero de todos, sean belcantistas, verdianos, wagnerianos, veristas, atonales, rockeros, raperos, sardanistas, boleristas o tangueros), la programación del Liceu debe tener una mirada mucho más amplia. Y no solo referida a uno de los grandes filones de la ópera como es en este caso la italiana.

El teatro sigue sin atreverse a cruzar de una forma neta el umbral que separa el siglo XIX del XX. Y, menos aún, llegar al XXI. La programación no contempla ninguna ópera más allá del post-romanticismo decimonónico. Según recogía Marta Cervera en su crónica de la presentaciónChristina Scheppelmann, directora artística del teatro, dijo que había muchas y diversas razones que explican esta ausencia. “A veces haces la temporada en función de lo que tienes", dijo y aludió al riesgo de hacer una ópera contemporánea en un escenario grande como el del Liceu. Permítanme que cite el Teatro Real que en esta temporada ha programado tres obras de jóvenes compositores, dos de ellas representadas en una sala pequeña de los Teatros del Canal.

Esto es la típica situación que se resume en la pregunta ¿qué es primero, el huevo o la gallina? No se programa ópera contemporánea porqué el público no va, pero si no se programa, si no se difunde, no irá nunca. ¿Habrá que reescribir o reeditar aquel manual imprescindible que es ‘El ruido eterno’, de Alex Ross, sobre la música de nuestro tiempo? ¿Habrá que recuperar aquel estupendo programa de Catalunya Música ‘Qui té por del segle XX?’ que presentaban Carmina Malagarriga y Josep Casals?

Lo que nos queda en este terreno es la programación Off Liceu de esta temporada y el anuncio de que el teatro estrenará una ópera de Benet Casablancas la temporada 2018-19 y coproducirá la nueva obra de George Benjamin que se presentará en Londres, en el 2018.

Las palabras citadas de la directora artística, concretamente lo de hacer la temporada “en función de lo que tienes”, es preocupante porque de ellas se desprende una falta de proyecto artístico como bien demuestra el desequilibrio de títulos de dos temporadas seguidas destinado solamente a llenar la sala y a cuadrar las cuentas, algo necesario, pero no suficiente si el teatro quiere estar en primera división.

Una mirada más detenida a la programación anunciada lo confirma. De los 13 títulos anunciados solo hay uno nuevo, ‘Demon’, y cuatro son en versión concierto. Uno de ellos, ‘L’incoronazzione di Poppea’, es una incorporación de última hora a la programación que permite decir que el teatro celebra el 450º aniversario de Claudio Monteverdi. El Liceu también ha echado mano de reposiciones. Vuelve la puesta en escena de Mario Gas para ‘L’elisir d’amore’ por la que no pasa el tiempo aunque ya se repite demasiado, y la que en su día pasó con escasa gloria firmada por Ariel García Valdés para ‘La Favorite’.

Habrá grandes voces consagradas como las de Jonas Kaufmann, Sondra Radvanovsky, Gregory Kunde, Dimitri Hvorostovsky, Piotr Beczala, Irene Theorin, Plácido Domingo, Carlos Álvarez y un largo etcétera. Y también muchos jóvenes. Y curiosamente, habrá pocas voces italianas. Para que un teatro de ópera esté, como aspira a estar el Liceu, en la primera división no bastan carteles muy rutilantes. Se necesita una programación coherente, que dé sentido a la razón de ser del teatro. No basta con ir al mercado a comprar lo que está de oferta.