Ir a contenido

El patrimonio virtual

Polvo en el viento

Olga Merino

Una reflexión acerca del reciente proyecto de ley del Govern para designar herederos digitales

Confieso que una vez envié un email a una amiga muerta. No fue un acto premeditado, sino un arrebato durante una tarde de domingo fea. Superado lo peor del duelo, aún no había logrado acostumbrarme a la ausencia de su inteligencia socarrona, al extrañamiento de su generosidad, de manera que le escribí un correo electrónico tan corto como absurdo diciéndole justamente eso. Lo hice sin pensarlo demasiado, como quien lanza una botella al mar con una carta a nadie enrollada en el interior. Desde luego, tenía mucho más sentido el disco de silicio que los astronautas del 'Apolo XI' dejaron en la Luna, en el Mar de la Tranquilidad, para el improbable lector de las galaxias: "Desde el planeta Tierra, julio de 1969. Vinimos en son de paz en nombre de toda la humanidad". 

Nunca respondió al mensaje, por supuesto, pero tampoco lo devolvió el servidor, e ignoro si los familiares tuvieron acceso al texto o si aquella ventolera, la tontería del clic en la pestaña de enviar, pudo añadirles acaso una gota de incomodidad al dolor; confío en que no. Viene este pequeño desahogo a cuento del proyecto de ley sobre voluntades digitales aprobado la semana pasada por el Govern. Una iniciativa pionera en España que permitirá resolver el legado de los bienes digitales dejando un heredero. 

A la faena de morirse, habrá que añadir al testamento las contraseñas para no dejar quebraderos de cabeza a los que se queden

Cuando te mueres, se supone que el coche, los libros, el techo y la caja de zapatos donde guardas las fotografías pasan a los hijos, al compañero, a los padres o hermanos. Hasta ahí, bien. Pero ¿qué sucede con la identidad virtual? Hablamos de los perfiles en las redes sociales, de los archivos depositados en la nube o de la cuenta de un bloguero. ¿Quién se hace cargo del rastro? ¿Cómo podría el fallecido ejercer el derecho al olvido?

INTRÍNGULIS Y DINERO

Imagino que el intríngulis se complica todavía más si hay dinero de por medio, si la herencia intangible ha implicado un gasto o genera todavía algún beneficio económico: la suscripción a un periódico digital, las series de Netflix, los libros electrónicos, un negocio de venta on line o esa página web que recibe ingresos por publicidad. ¿Qué ocurre ahí? Sin ir más lejos, la biblioteca musical que haya podido comprar el finado en iTunes a lo largo de los años se va con él al otro mundo.

Aunque en lo personal me trae sin cuidado qué pueda suceder con mi humilde huella digital cuando me haya muerto –ni tengo Facebook ni tiempo para asomarme a Twitter tanto como quisiera–, entiendo que alguna regulación debía intentarse ante el vacío legal: el derecho va siempre por detrás de la sociedad.

Se han dado sucedidos desagradables: insultos vertidos en la cuenta de Twitter de Marta del Castillo, la joven sevillana desaparecida en enero del 2009. O el caso del marine norteamericano Justin Ellsworth, muerto en Irak en el 2004, cuyos padres tuvieron que llevar a juicio a Yahoo para poder acceder a su correo electrónico; lo consiguieron tras una ardua batalla legal, pero a la postre solo encontraron spam (basura digital) porque el chico no almacenaba sus emails. En cualquier caso, ¿tenemos derecho a leer la correspondencia privada de una persona fallecida? ¿Sus charlas en WhatsApp? ¿Debemos hacerlo? A veces es mejor permanecer en la ignorancia.

CERTIFICADO DE DEFUNCIÓN

Gigantes de la comunicación como Facebook, Twitter o Gmail ofrecen mecanismos para cerrar los perfiles una vez muerto el usuario, reglamentos que, más allá de lo que diga la ley, obligan a los descendientes a proporcionar un certificado de defunción y a veces hasta una orden judicial. Otras compañías, ni siquiera eso. De ahí que algunos avispados hayan olisqueado nicho de mercado en la carencia: ya existen empresas que se encargan de gestionar post mortem el patrimonio virtual, como la española Tellmebye.

Dense una vuelta por The Digital Beyond. En una rebuscada vuelta de tuerca, existen 'start-ups' que prometen incluso la inmortalidad digital, una huella eterna en el ciberespacio. Ah, los humanos… ¿Nos aspirábamos a eso?

Reconozco que todo esto se me escapa. A la faena de morirse, habrá que añadir al testamento un sobrecito a nombre del notario con la montonera de contraseñas, más que nada para no dejar quebraderos de cabeza a los que se queden. Produce cierta inquietud la perversa sofisticación de la sociedad en que vivimos, preocupada por la identidad digital cuando, a pie de tierra, los inmigrantes sin papeles son menos que nada. Una sociedad hipertecnológica donde, sin embargo, se están muriendo de hambre en Sudán.

Ni siquiera sé cómo cerrar este artículo –los largos no se escriben del tirón– cuando decido bajar corriendo al súper para no demorar la entrega robándole tiempo a Leonard Beard, el artista que ilustra estas páginas. Y es ahí, en la cola de la caja, cuando llega la respuesta a través del hilo musical, de la canción que compuso el grupo Kansas en 1977: 'Dust in the wind', no somos más que polvo en el viento.

0 Comentarios
cargando