EDITORIAL

La vivienda en Barcelona, cada vez más cara

Tras el alza de los alquileres, los pisos de compra también suben de forma inquietante por efecto de la estrategia inversora

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Un hombre busca piso en una agencia inmobiliaria del Poble Sec.

Un hombre busca piso en una agencia inmobiliaria del Poble Sec. / RICARD CUGAT

Llueve sobre mojado: los precios de la vivienda en propiedad están experimentando un continuado e inquietante aumento en BarcelonaBarcelona, un proceso alcista que reproduce el que hasta fecha reciente habían protagonizado solo los pisos de alquiler. Únicamente quienes sean muy optimistas –o muy cínicos– podrán argüir que este encarecimiento no es sino el reflejo de la mejora de la economía y que las leyes del mercado son así: a más presión de la demanda (los compradores de pisos), más ventajas para la oferta (los propietarios y las inmobiliarias). Lo peor de la crisis ha pasado, según todos los indicios, pero la realidad de la economía cotidiana dista mucho de ser la de antes del estallido de la crisis en el 2007-2008 (y probablemente no lo será en los próximos años): el salario medio ha bajado, el empleo es más precario y los jóvenes que quieren emanciparse tienen muy difícil el acceso a un techo propio.

Pero Barcelona está de moda, un fenómeno que tampoco parece –ni es deseable– que vaya a declinar, y además el suelo disponible para nuevas viviendas es escaso. El cruce de estas dos coordenadas alimenta la compra de inmuebles como inversión, en muchos casos por parte de extranjeros, y conduce a una espiral de precios que, según muestreos fiables, hace que hoy el 80% de los pisos en venta cuesten al menos 200.000 euros. Por debajo de este precio solo abundan en Nou Barris, Sant Andreu y Horta-Guinardó.

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El ayuntamiento que preside Ada Colau ha tomado algunas iniciativas para paliar estos perversos efectos del atractivo de Barcelona, pero su capacidad legal y económica es limitada. El problema requiere una actuación coordinada con otras administraciones, para que no parezca una mofa lo que establece la Constitución: que todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna y que los poderes públicos lo deben asegurar "regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación".

Barcelona, a la vanguardia en muchos momentos de su historia, aún está a tiempo de ser un referente de cómo el éxito no desnaturaliza a una ciudad hasta el punto de volverse contra sus habitantes y expulsarles en un proceso de gentrificación a gran escala. Nadie puede desear una Barcelona que acabe como Venecia, paradigma de ciudad con mucho glamur y muchos visitantes pero con cada vez menos alma.