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Holanda se queda sin discurso

Ramón Lobo

Que Holanda represente un riesgo para la tolerancia, la libertad y el futuro de la UE demuestra lo mal que estamos, zarandeados por el 'brexit' y Donad Trump, el presidente spam. La crisis, el ajuste económico y sus secuelas nos han averiado las neuronas y en algunos casos erosionado valores básicos en democracia, como la presunción de inocencia. No es solo de un problema holandés, afecta a gran parte de lo que llamamos pomposamente “mundo civilizado”, el mismo que libra guerras indecentes en nombre de sus intereses.

Las elecciones legislativas del miércoles son esenciales para Holanda y para el futuro de la UE. Nos darán una información valiosa sobre el crecimiento electoral de la nueva extrema derecha antiislámica, antimigratoria y antieuropea. Si el miedo que recorre el continente es real o una exageración periodística. Son datos que necesitamos para deducir si la frentista Marine Le Pen tiene opciones en las presidenciales de Francia o si los racistas de Alternativa para Alemania pueden poner en un brete a Angela Merkel.

De momento solo podemos manejar encuestas. No es alentador. Sabemos que las empresas demoscópicas arrastran una mala temporada: no vieron venir el 'brexit' ni Trump ni Colombia.

Según las publicadas en marzo, el Partido de la Libertad de Geert Wilders (el Trump holandés, para entendernos) está en descenso. De los 35 escaños (el Parlamento de La Haya tiene 170) que les auguraba el 1 de febrero el sondeo de TNS Nipo han bajado a 20-24, según otras tres encuestadoras. Esto podría ser real porque el centrista Emmanuel Macron supera por primera vez en Francia a Marine Le Pen en las previsiones de la primera vuelta, el 23 de abril. Quizá sea una tendencia en ambos países. Veremos si se confirma.

Pese al aparente deshinchamiento de Wilders, el llamado bloque democrático holandés tiene motivos para estar preocupado. Los dos partidos que forman la actual coalición, el liberal del primer ministro Mark Rutte y el socialdemócrata, están hundidos. De los 79 escaños actuales van a pasar a 38 en el escenario demoscópico más optimista. No podrían repetir la fórmula de gobierno. Los cristianodemócratas mejorarán de los 13 actuales a 16-21. En el mejor de los casos la suma de los tres llegaría a 59, lejos de los 85 que permiten gobernar sin sobresaltos. Dependerán de un cuarto y de varios de los pequeños. Un escenario de pesadilla que podría augurar una legislatura corta. Eso es bueno para Wilders; es decir, malo para nosotros.

JÓVENES INTELECTUALES

El Partido Socialista no mejora sus 15 escaños actuales y en el caso de los D66, formado por jóvenes intelectuales y liderado por el experiodista Hans Van Mierlo, podría pasar de los 12 actuales a 17-20. Es un partido acordeón acostumbrado a grandes subidas y bajadas en sus votos, y que ya ha estado en algún gobierno en el pasado. Si les sumamos en un eventual cuatripartito llegaríamos a 79 escaños. Faltarían seis para la mayoría absoluta.

Estas son las cifras, pero el problema más dañino sigue debajo de ellas. Wilders ha conseguido, como Le Pen en Francia y Frauke Petry en Alemania, modificar gran parte del discurso político de los partidos democráticos de la derecha y de la socialdemocracia. En lugar de hablar de derechos, de migrantes y refugiados, de rescatar y mejorar el Estado del bienestar, de combatir el paro y la exclusión social, de soñar una Europa de los ciudadanos que ilusione, se esgrime la identidad, como ha hecho Manuel Valls en Francia. La identidad como muro, no como espejo.

Hace años, antes de que el 'brexit' estuviera entre las prioridades emocionales de su país, el periodista e historiador británico Timothy Garton Ash dijo que uno de los problemas de la UE era la falta de una identidad europea. Proponía su búsqueda como solución mágica a la crisis existencial de la Unión. El diplomático español José María Ridao le respondió en un encuentro de escritores e intelectuales celebrado en Sarajevo; dijo que el mayor logro de la Unión Europea era la ausencia de una única identidad, al ser la suma de muchas identidades que pueden convivir. En democracia lo esencial es que funcionen las instituciones.

Vamos hacia atrás. No es la renuncia de las identidades locales para inventar una europea, es el repliegue a las identidades nacionales en un escenario de crisis en el que las instituciones han dejado de ser creíbles. Ese es el alimento de la extrema derecha: nuestras renuncia a los valores y principios, a los derechos del Otro, sea pobre, negro, musulmán, judío, hombre, mujer o gay. Pasarán las elecciones, errarán las encuestas, pero el virus sigue ahí, como el dinosaurio del cuento de Augusto Monterroso.

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