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Al contrataque

La muerte y adiós muy buenas

Xavier Sardà

Dicen que nuestra sociedad esconde y niega la realidad de la muerte, pero será solo a los indolentes y a los narcisos

Varias veces he jurado no acudir a más funerales. No tengo palabra. Las necrológicas y la actividad funeraria ejercen una martilleante percusión en nuestras levísimas almas. En los periódicos se arraciman los minúsculos nombres de los que recalan diariamente en los distintos tanatorios. Siempre son otros. Es la muerte clasificada, domesticada, maquillada y numerada en el reservorio previo al vacío irreversible. Miguel Hernández dijo: «No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada».

Cada año mueren en el mundo casi 60 millones de personas, lo que nos sitúa en ese vértigo atroz de la supuesta normalidad existencial. Cada año una segunda guerra mundial sin estallar. Uno a uno y una a una. Los que hoy yacen en sus ataúdes en nuestras ciudades hace tan malditamente poco que nacieron y tan poco que jugaron y aprendieron a multiplicar, y hace tan vertiginosamente poco que dibujaron perros, casas y coches y el sol...

Se van, pero no es cierto que se vayan, porque el irse es acción y la muerte la secciona. No se van, que se los llevan. El enjambre diminuto de nombres, dos apellidos y la edad resulta la efímera y difunta rúbrica. Dicen que nuestra sociedad esconde y niega la realidad de la muerte, pero será solo a los indolentes y a los narcisos.

ROMANTICISMO FÚNEBRE Y TÉTRICO

Mañana en los periódicos, otra relación de recién nacidos que ya han muerto. Cuerpos vaciados e impracticables. Los de pasado mañana viven todavía. Hace tan poco que soñaron amores imposibles y amaron en lo posible y hace tan poco que llamaban sus madres y tan poco que vieron una película... Hace tan poco que se miraron las manos resecas y tenían ilusiones y los nietos y las ideas y las esperanzas. ¿Soñaron alguna vez que ya habían muerto? Brel cantó que en su última cena, tendría miedo por última vez.

Poco después de que el corazón se pare, las células se quedan sin oxígeno y comienza el colapso. Todo el romanticismo es fúnebre y tétrico porque es esencialmente vital y pretende la pervivencia plantando cara a esos «cementerios de muertos bien rellenos, manando sangre y cieno que impida el respirar, y ahí un sepulturero con tétrica mirada los cráneos machacar» (atribuido a Espronceda).

Solo cabe esperar que los que se van nos den fuerza. Fuerza con divertículos emocionales, fuerza enseñándonos a mirar por ellos y fuerza transmitiendo el difícil valor de saber vivir el presente. El futuro angustia y el pasado no está.

Hoy lloran a viejos y a no tan viejos que yacen a pocos metros. Cada cual con sus ideas y sus convicciones y sus clubs y sus países de corazón y sus tolerancias y sus discrepancias y sus ires y venires... Ojalá hayan sido felices alguna vez.

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