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El futuro de la población mundial

Niños jugando en una guardería de Barcelona.

EL PERIÓDICO

La ética antinatalista

Miguel Steiner

Al decidir sobre la vida y muerte de un nuevo ser humano, ¿basta con nuestro deseo de disfrutar de él?

El dolor, el hambre, todas las múltiples formas de sufrir nos imponen una vivencia directa del mal, de lo que no queremos para nosotros ni para nuestros hijos. Quien decide tener hijos debería estar en condiciones de garantizar su bienestar y también de justificar su inevitable muerte. ¿Lo está?  Un alma es un potencial de sufrimiento. Somos maltratables. Si es necesario combatir los problemas y minimizar sus efectos, si importa reducir el sufrimiento en el mundo, la promoción de la natalidad es éticamente cuestionable, pues opera en contra de esta reducción.

La vida también puede ofrecer alegría y felicidad. Pero no es coherente abogar por nuevos seres potencialmente felices sin priorizar la ausencia de infelicidad y sufrimiento. La opción se mueve así entre lo innecesario (de hecho, nadie aduce la obligación de engendrar), que es la felicidad posible, y lo imperativo, que es la evitación del sufrimiento, sobre todo del sufrimiento grave, pues su importancia es una cuestión de grados e impone el principio del mal menor.

LA EXPLOSIÓN DEMOGRÁFICA

El progreso científico, debido a la explosión demográfica, ha conseguido que la situación hoy sea peor que nunca. Han aumentado los devastadores efectos de las catástrofes naturales, las epidemias, las calamidades bélicas, la opresión, la tortura... El siglo pasado fue el siglo de las mayores masacres de todos los tiempos. Solo este siglo podrá ser peor, gracias al aumento de la población.

La ética antinatalista se apoya en dos perspectivas confluyentes, la individual y la demográfica. Desde la óptica individual hay que reconocer que nadie está en condiciones de asegurar la buena vida de su hijo. Y la dimensión demográfica del sufrimiento también es evidente. Todos los problemas (hambre,  violencia o enfermedad) tienen su caja de resonancia en el tamaño de la población, con un aumento de víctimas aproximadamente proporcional al crecimiento demográfico.

EDAD Y PENSIONES

Se usa a menudo el argumento del envejecimiento social y el coste de las pensiones para fomentar políticas de natalidad. Así, la generación de nuevas vidas constituye un medio para, se supone, arreglar problemas económicos y 'rejuvenecer' la sociedad. No se percibe siquiera algo tan obvio como que la natalidad produce más gente mayor. Insisto en lo obvio que se soslaya: aumentan los nacimientos, aumenta el número de personas mayores. ¿Sabemos cómo serán la atención y sus pensiones en el futuro? ¿Sabemos si nuestros hijos, a los que hemos usado como medio, o nuestros nietos se salvarán de una cruel guerra? En España, con tanto paro juvenil, el argumento de la falta de fuerza productiva joven es incluso doblemente absurdo.

Pero más allá de las coyunturas, hablamos de un problema ético básico. ¿Basta, al decidir sobre la vida y la muerte de un nuevo ser humano, con limitarnos a nuestro deseo de disfrutar de él? ¿No tiene la llegada al mundo importancia en sí misma? Nuestra capacidad de decidir genera una responsabilidad que ya es hora de abordar, en lugar de alimentar ciegamente al verdugo.

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