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La encrucijada catalana

Gente que hace cosas

Cristina Pardo

Las reuniones secretas pueden tener su razón de ser, pero parece inadmisible que se nieguen de forma categórica en público una vez que salta la liebre

Al Gobierno de España le viene bien la filtración de la reciente reunión secreta de Rajoy con Puigdemont en la Moncloa. Permite al presidente presentarse como un dirigente político dialogante, frente a lo que dice la Generalitat; un dirigente que intenta solucionar por todos los medios el mayor problema político que tiene ahora mismo España y que trata de ofrecer alternativas al choque de trenes. En definitiva, contribuye a trasladar la imagen de que Rajoy no es solo el pasmarote que ha sido tantas y tantas veces a la hora de resolver conflictos, independientemente de que a la hora de la verdad no haya ningún avance significativo. De paso, este episodio afianza a Soraya Sáenz de Santamaría como la apagafuegos más eficaz de todo el Gobierno, para soponcio de más de un compañero de partido. Por último, la noticia de que Puigdemont visita el palacio en secreto puede contribuir a sembrar la discordia entre sus aliados independentistas. Y eso al Gobierno de España tampoco le viene mal. 

En la Moncloa creen que el actual 'president' de la Generalitat no es como Artur Mas, que él no se juega su supervivencia política y que no entrará en el cuerpo a cuerpo contra el Estado. Y, por lo tanto, funcionan con la convicción de que Puigdemont es el primer interesado en encontrar una solución que pueda de alguna manera vender a su parroquia, evitando así la colisión.

HABLAR SIN SABER

Las reuniones secretas pueden tener su razón de ser, pero parece inadmisible que se nieguen de forma categórica en público una vez que salta la liebre, como hicieron Rajoy y sobre todo Puigdemont. Otro caso distinto es el de los que hablaron sin saber. En el PP catalán están que trinan. Han tenido que escribir a Moncloa para saber qué tenían que decir ahora. El entorno de Xavier García Albiol admite que él no tenía ni la más remota idea y que eso fue lo que hizo que saliera hace unos días a decir en público lo contrario de lo que pasaba en privado. Es, como mínimo, chocante que no hagan partícipe de este tema tan trascendental al que se supone que es -y quiere seguir siendo- el líder del partido en Catalunya. Ya ocurrió algo parecido con el 9-N, cuando Alícia Sánchez Camacho se desgañitó asegurando que la consulta no se iba a celebrar y resulta que al final se dio de bruces con las urnas. Eran de cartón, pero ahí estaban.

En todo caso, la interlocución directa entre ambos gobiernos es esperanzadora, más que mucho de lo que se ha hecho hasta ahora. Cómo olvidar el vídeo electoral del PP, con sus dirigentes irrumpiendo el último día de campaña hablando de repente en catalán. O aquel en el que Rajoy elogiaba a los catalanes por ser "gente que hace cosas". O, en definitiva, aquel plato que era un plato y aquel vaso que resultó ser un vaso. El listón estaba ahí; ahí y en el mantra de que el referéndum no es posible, porque la soberanía es de todos los españoles. Está muy bien que todo el mundo haga cosas. Lo anómalo es lo contrario. Incluso, por qué no, hablar catalán en la intimidad.

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