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Operación británica

Libros robados

Care Santos

Los auténticos coleccionistas de volúmenes históricos son egoístas y recelosos

Robar libros tiene su qué. Pesan. Cuesta hacerse con grandes cantidades. Lo suyo es el goteo de desapariciones, como las de biblioteca napolitana de Girolamini, donde varios cargos electos municipales (hoy encarcelados), con la complicidad de un director elegido para la ocasión, se apropiaron poco a poco de más de dos mil volúmenes de valor incalculable.

Más novedoso es lo ocurrido hace poco en Letham, población de la periferia londinense, cercana al aeropuerto de Heathrow. Los ladrones se encaramaron al tejado de un gran almacén, cortaron limpiamente los cristales de una claraboya, descendieron 12 metros, burlaron un sistema de vigilancia de alta seguridad y robaron 160 libros antiguos que iban camino de la feria de Chicago. Había muchos, pero solo cogieron los 160 de más valor. Entre ellos, un ejemplar de 1566 del De revolutionibus Orbium Caelestium, de Copérnico, valorado en 250.000 euros.

COMO 'MISIÓN IMPOSIBLE'

La prensa inglesa compara la hazaña con la película Misión imposible, protagonizada por Tom Cruise. Pues sí: los ladrones subieron los libros al tejado y luego los bajaron hasta una furgoneta en la que huyeron. Nada se sabe de ellos y lo más probable es que no vuelva a saberse.

Los 160 volúmenes son, además de pesados, únicos. Es decir, invendibles. Cualquier especialista poco ducho los reconocería enseguida. Es, pues, un robo por encargo. Tras él debe de haber un coleccionista bien informado, millonario, caprichoso y, sin duda, poco escrupuloso. Le imagino como el personaje de una película de James Bond. Debe de ser muy feliz con sus tesoros nuevos, que podrá enseñar solo a sus íntimos, y siempre con el temor a ser denunciado. Aunque puede que no tenga interés por mostrárselos a nadie. Los auténticos coleccionistas son egoístas y recelosos.

Los libros ya aparecen en stolen-book.org, una web dedicada a difundir listas de libros robados en todo el mundo desde 2015 con el fin de advertir a los compradores profesionales. Lo único que cabe ahora desear es que el comprador sea un arrogante, que se pierda, que cometa un error. Que se los enseñe a quien no debe.

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