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Púrgalos suavemente

Antón Losada

Pablo Iglesias ha elegido hacer una limpieza a fondo, pero que parezca que sólo sacude las alfombras

Pablo Iglesias tenía tres caminos para cruzar la heladora soledad del liderazgo. Podía apostar por la integración equitativa de los discrepantes, una opción que entusiasma a la militancia que corea “unidad, unidad, unidad” pero decepciona a los cuadros que han ayudado al líder a obtener la victoria que ahora debe administrar. Otra ruta pasaba por desencadenar una purga purificadora al clásico estilo estalinista, tan anhelado siempre en todos los partidos; una elección que decepciona a esa militancia que se había creído lo del debate de ideas pero satisface plenamente a los cuadros más leales, especialmente a aquellos que esperan ocupar los puestos de los caídos como justa recompensa a su intachable hoja de servicios al vencedor.

En la mejor tradición socialista ha escogido la tercera vía: purgarlos suavemente, hacer una limpieza a fondo pero que parezca que sólo está sacudiendo las alfombras. Se ha rodeado de seguidores de estricta observancia de su fe, ha desnivelado los órganos de dirección cuánto podía sin llamar la atención de una militancia aún impactada por Vistalegre2 y ha tolerado un mínimo imprescindible de críticos, en puestos tan ornamentales como inofensivos, para no contradecir su propia teoría del espectáculo vergonzante dado por Podemos. Una vez más se confirma que, al final, los lideres son como los demás hombres en general: no pueden hacer dos cosas a la vez; no pueden tomar decisiones y a la vez argumentar y dar explicaciones a sus críticos.

POCA CONFIANZA

La elección de Iglesias revela también cierto nivel de desconfianza en sus propias fuerzas y lealtades. Cuando un líder dispone de mayoría absoluta y cede apenas las plazas mínimas e inevitables no se debe tanto a que no quiera mostrarse generoso sino a que no puede serlo; necesita todos los puestos disponibles para evitar el riesgo de empezar a irritar voluntades dejando fuera a alguno de los suyos.

Se anuncia el comienzo de una purificación en cadena. Una vez que se empieza a limpiar, cuesta parar. La misma lógica que ha fundamentado las decisiones del Consejo Ciudadano será extendida como un dogma a todos los niveles a instancia de los 'pablistas' más hambrientos por ocupar su lugar: sólo pueden quedar los más fieles.

El 'Errejonismo' debe elegir entre dos opciones. La primera consiste en defender cada centímetro de poder institucional y orgánico, obligando a la nueva dirección a un desgaste lento y extenuante librando una guerra que Errejón nunca podría ganar. La segunda pasa por dejarse matar aún más suavemente y saludar a las huestes del vencedor, a la espera de que los resultados electorales abran la oportunidad de evaluar la estrategia y el liderazgo; hasta entonces, no dar excusas que puedan justificar los errores o los fracasos. La jugada de ofrecerle la candidatura en Madrid parece una sobreactuación, un lío interno y una trampa para elefantes donde puede acabar cayendo el 'Pablism'o si Errejón acepta y se apunta un éxito. A veces, en política, lo más difícil es saber parar.

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