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En las fronteras, la ansiedad

Najat El Hachmi

Es el malestar de ser el diferente, en el trámite de cruzar los límites de un país, el que el poder ha convenido en señalar sospechoso por defecto

Una inquietud soterrada, de raíces profundas que emerge al estar en la cola donde se decide si uno pasa o no. Si tus apellidos están llenos de guturales y aspiradas, si naciste en un área determinada o lo hicieron tus padres, ten por seguro que el trámite de cruzar los límites de un país no va a ser lo mismo para ti que para quienes tienen la suerte de ostentar facciones consideradas occidentales, nombres que no denotan procedencia sospechosa. La religión da igual, nadie te va a preguntar en qué dios crees, nadie se va a interesar por tu vida espiritual, basta con la marca indeleble que te ha dejado la geografía, un sello más invisible que el hierro candente.

Te han hablado de derechos humanos, de estado democrático, de un sistema que en principio funciona y que a lo mejor tienes la suerte de que te ha reconocido como nuevo ciudadano, sea porque tienes dinero suficiente para demostrar que eres igual que ellos, sea porque hace tiempo que resides en su territorio de primer nivel, sea porque se ha producido el milagro y te han reconocido la condición de asilado, porque has dejado suficiente terror detrás de ti como para merecer algo de compasión. Una compasión dosificada, claro, repartida entre las miles de personas que cada país se permite el lujo de acoger, más allá de la cifra establecida, la empatía queda suspendida.

LA COLA DEL AEROPUERTO

Puedes ser un alto ejecutivo, un profesional reconocido, alguien que cumple con sus deberes como ciudadano, puedes ser incluso quien aporta un valor al conjunto de la sociedad a través del trabajo, talento o inteligencia. O una persona normal y corriente, que no es poco. En la cola del aeropuerto no hay ninguna diferencia, todos sabemos que podemos ser apartados en cualquier momento ni que sea para un «control aleatorio», mira por dónde, te ha vuelto a tocar. La ansiedad nunca se va porque es el síntoma visible de un malestar más profundo, más continuado en el tiempo, un malestar a veces heredado. Es el malestar de ser el otro, el diferente, el que el poder ha convenido en señalar como sospechoso por defecto, peligroso en potencia.

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