El debate sobre el alojamiento en Barcelona

Los riesgos que supone no regular el sector turístico

Estamos en un escenario global en el que operadores a distancia y fondos de inversión aprovechan los vacíos legales

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El dilema está claro. O regulamos el flujo turístico que atrae Barcelona con fuerza inusitada desde hace años, o acabaremos perdiendo negocio, trabajo y convivencia ciudadana. Y lo que es más importante, perderemos la ocasión de ordenar y gestionar ese éxito indudable de la ciudad para que la distribución de costes y beneficios entre sectores sociales y espacios públicos pueda hacerse sin excesivos traumas.

Imaginar que el mercado fluye, equilibra y ordena sin necesidad de intervención es algo que ni los propios ultraliberales defienden. La actual redacción del PEUAT, pendiente de aprobación por el Pleno, no es más que una respuesta valiente y de sentido común a algo que se nos estaba escapando de las manos. El ayuntamiento cumple con su obligación de proteger al conjunto de ciudadanos. A los que viven del turismo de manera más directa, a aquellos que sufren sus efectos, y también a los muchos otros que observan con un punto de preocupación lo que acontece en la ciudad y les preocupa su futuro.

REGULACIÓN GLOBAL

Uno puede estar más o menos de acuerdo con los detalles del plan. No es este el espacio en el que entrar en su letra pequeña. Pero, de lo que no cabe duda es que imaginar que Barcelona y sus instituciones representativas podían observar impertérritas cómo en poco más del 15% de la ciudad se acumulaban más del 50% de plazas turísticas, cómo algunos barrios tenían ya más población visitante que residente o cómo crecían sin freno los alquileres y se ponía en peligro el derecho a la vivienda a precios razonables, no creo que nadie pueda seriamente defenderlo. Era necesario ir más allá de las urgencias y especificidades con que se había trabajado hasta ahora y avanzar en una regulación global que permita establecer unas reglas de funcionamiento conocidas y fiables.

Hemos de entender que el campo de juego en el que se mueve el negocio y la actividad turística ha cambiado en muy poco tiempo. Ya no hablamos de un sector de servicios con actores más o menos conocidos y estables. Estamos en un escenario global en el que plataformas digitales, operadores a distancia y fondos de inversión que nada tienen que ver con inversores locales, maniobran aprovechando vacíos legales, ausencia de planes reguladores y necesidades perentorias de personas afectadas por la crisis. La regulación es, en este escenario, sinónimo de protección. Protección de los que menos recursos tienen para afrontar esa oleada de dinero y expulsión. 

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GANADORES Y PERDEDORES

Es obvio que algunos saldrán beneficiados y otros perjudicados por la nueva regulación. Como de hecho, ya existían ganadores y perdedores por la ausencia de la misma. Muchos perdedores y pocos ganadores. El éxito turístico de Barcelona no era ni es neutral desde el punto de vista social. Eso es hacer política. Decidir quién gana y quién pierde en cada dilema, en cada cruce de problemas. Deberíamos alegrarnos de que una mayoría de nuestros representantes haya decidido actuar y no limitarse a observar cómo fluye el mercado y arrastra a personas y barrios enteros.