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NÓMADAS Y VIAJANTES

Lo imposible ya es presidente de EEUU. Un hombre con una pulsión autoritaria entra en la Casa Blanca con el objetivo de suprimir cualquier vestigio liberal. ¿Servirán los contrapesos del Tribunal Supremo y Congreso para poner límites a quien no los tiene? Ese es el desafío: saber si las democracias disponen de mecanismos eficaces para evitar su destrucción.

El discurso de investidura de Donald Trump no augura nada bueno. Fue demagógico, simple, irreal y ultranacionalista. Ni rastro del presunto estadista. Tuvo sarcasmos, como el de declararse el Gobierno del pueblo contra las élites de Washington cuando se ha rodeado de multimillonarios que no han visto un pobre en su vida. Fue una visión apocalíptica de su país, dibujado como un Bronx de película en el que todo es muerte, drogas y destrucción. Se olvidó de las armas que la causan y de que el FBI informó de que la tasa de crímenes es la más baja desde 1964.

El discurso de Trump fue la confirmación de que sigue en campaña. Es posible que no sepa hacer otra cosa.

Decir que EEUU está cansado de defender las fronteras de los demás cuando no ha dejado de violarlas es otro sarcasmo. América Latina le podría dar lecciones. Igual que Irak, Libia, Siria o Congo. Una potencia imperial es depredadora por necesidad. Tiene sed de petróleo, gas y minerales estratégicos. ¿A quién ha hecho rico EEUU con sus aventuras militares? ¿No será al revés?

Su visión del mundo es de un infantilismo alarmante, sobre todo si imaginamos su pequeña mano (defecto que le molesta mucho) sobre el botón nuclear. Uno de los lemas de la marcha de mujeres fue el estribillo de la canción de Fiona Apple: “No queremos tus pequeñas manos cerca de nuestras bragas”.

Podríamos etiquetar a Trump Marine Le Pen como extremistas de derecha, pero son términos que no explican del todo la complejidad de lo que está ocurriendo: las democracias han sido vaciadas por una globalización que mundializa la injusticia y la desigualdad, que demanda el libre movimiento de capitales, pero no el de personas. Se ha abierto un espacio gigantesco para el odio.

INICIO DE INVOLUCIÓN

Lo ocurrido el viernes en Washington DC es el inicio de una involución, veremos con qué consecuencias. La llegada de Ronald Reagan en los años 80 provocó la llamada revolución conservadora. Reagan levantó las cautelas legales impuestas tras la Gran Depresión a empresarios y banqueros. Su lema era menos Gobierno y más iniciativa privada. Decían que el mercado era capaz de autorregularse, de dar paz y felicidad.

Margaret Thatcher impulsó en el Reino Unido un capitalismo popular al privatizar todo lo privatizable. Sucedió algo parecido en España. Aquí nos vendieron que la competencia era positiva para el consumidor, un chiste de mal gusto que pagamos cada mes en el recibo de la luz y del gas. La gula de los depredadores provocó la depresión del 2008.  

Lo increíble es que el sistema haya sido capaz de colocar en la Casa Blanca a un tipo que habla como si estuviera en contra del sistema cuando es producto del sistema. Sus formas agresivas, su andar de macho alfa, y un lenguaje simple -maravilloso, tremendo, bonito- dan alimento a las masas que se sienten estafadas por la política pero son incapaces de vislumbrar a los verdaderos culpables. El sistema ha logrado colocar al zorro dentro del gallinero. Las gallinas somos nosotros.

LA ESPERANZA DEL 'IMPEACHMENT'

Queda una esperanza: que los excesos trumpistas provoquen un 'impeachment', un proceso de destitución, o que la misma sociedad sea capaz de generar una vacuna en cuatro años que impida un segundo mandato.

Puede que sea un presidente con un plan, que liquidará el Obamacare aunque deje a 18 millones de personas sin cobertura médica, como advierte un panel bipartidista del Congreso. Puede que su presidencia agrave el cambio climático. Puede que regale Jerusalén a Israel, haya o no palestinos, y que bendiga a Bashar el Asad como el pacificador de Siria.

Veremos qué pasa con Vladímir Putin, qué sucede el día que estos dos narcisistas patológicos entren en colisión. Al menos, el ruso no tiene cuenta de Twitter ni se pasa la noche insultando a los discrepantes. Él es más clásico.

Son solo cuatro años, pero las consecuencias políticas, éticas y económicas pueden ser devastadoras. Thomas Friedman, columnista de 'The New York Times', tiene razón cuando escribió que Trump era “un 11-S moral para EEUU”.

El problema de fondo no son los Trump, Le Pen, Berlusconi Farage, el problema somos nosotros, los periodistas y los ciudadanos, que extraviamos el sentido común y la capacidad de pensar, descubrir y señalar quién está detrás del Gran Engaño.

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