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Djokovic y el abuelo McEnroe

Jaume Pujol-Galceran

«La velocidad del saque, el porcentaje del primer servicio, los 'break point' cedidos, los metros corridos en la pista....Buf. ¡Estadísticas!», bramaba JohnMcEnroe, disfrazado de viejo granjero y analista humorístico de Eurosport. «Eso no es tenis. El tenis es pasión, locura. Eso es lo que gusta y lo que da espectáculo», decía en plan viejo cascarrabias, junto a una cacatúa a la que ha bautizado como Nick, en recuerdo de Kyrgios, un tenista al que asegura adora, da espectáculo y «tiene poder» para llegar a ser número uno.

En su nuevo papel, McEnroe destacaba la victoria de Denis Istomin sobre Novak Djokovic. «El triunfo de un tenista con nombre de molécula, entrenado por su madre y que el año pasado no ganó ni un partido», decía con exageración, recordando los títulos y éxitos por contra del exnúmero uno serbio. «Eso es pasión, eso es espectáculo», constataba.

Bromas al margen, ¿realmente hay alguna explicación a esa derrota? La eliminación de Djokovic en la segunda ronda del Abierto de Australia ha sorprendido tanto por la forma como por el rival que ha derrotado al, hasta hace solo siete meses, invencible campeón que dominaba el circuito como número uno mundial y había conseguido su último gran objetivo al conquistar Roland Garros. Desde entonces Djokovic ha ido encajando derrotas, perdiendo títulos y cediendo ventaja en el ránking hasta entregarlo al final de la temporada a Andy Murray.

Parecía que el inicio del año, con su victoria en Doha ante Murray, era el aviso de que estaba de vuelta, pero la pronta eliminación en Melbourne, en segunda ronda, lo que no le había pasado desde el 2008 y ante un rival por encima del top 100 ,con los que nunca antes había perdido desde su debut en el circuito (Australia: 8-0, Roland Garros: 11-0, Wimbledon: 5-0 y Flushing Meadows: 9-0), son un aviso de que algo falla en la cabeza del tenista serbio.

Rafael Nadal ha dicho: «Es un accidente. Todos podemos perder». Puede. Lo cierto es que buscando su paz interior, Djokovic ha perdido su instinto ganador. La ambición y la determinación con la que jugaba se ha volatilizado de su cabeza.

Recuperar ese carácter será fundamental para reconquistar grandes títulos. A los 29 años, Djokovic tiene crédito para conseguirlo, pero su crisis existencial abre las puertas a una temporada que se presenta emocionante con un Murray que ha heredado su trono, un Nadal que vuelve con la ilusión de ser competitivo de nuevo, la reaparición del mago Federer y una joven generación con ambición de acabar con el 'Big 4' y ganas de dar el espectáculo que pide el abuelo McEnroe.

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