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Emma Stone y Ryan Gosling, en ’La La Land’.

'La La Land': disparadme mientras soy feliz

Miqui Otero

La gente solo canta porque sí, durante la vida, en autobuses escolares de excursión, en duchas de hoteles baratos y en bares cuando los ánimos arden. A veces sonrío cuando veo en el bus a alguien con cascos que toca la batería con dos bolis o cuando otro tararea en el metro la canción del músico que se coló en el vagón. Pero si el primero me pidiera un pitillo entonando un bolero o el revisor me multara con un rap, saltaría del vehículo en marcha.

La vida no es un musical y, sin embargo, no hay nada malo en que un musical sea un musical. Ayer vi 'La La Land' en un cine que era un mar de cabezas meciéndose como barcazas amarradas a las butacas. De este musical se ha dicho que es nostálgico y almibarado. Y puede que estemos ante un bizcocho borracho, aunque nadie exige dulzura a un limón o a una tortuga que corra. Muchos apuntan que no es original. Pero decía Jardiel Poncela que “lo único original es el pecado original y así nos va desde que lo cometimos”.

La vida no es un musical, pero no hay nada malo en que un musical sea un musical

Algo se rompió cuando preferimos ser Harold Bloom que D’Artagnan. Vigoréxicamente críticos pero con una cultura anémica, estamos de vuelta antes de ir y somos cínicos que no han visitado el entusiasmo. A mí 'La La Land' me dio lo que espero de un 'la la la'. “No traigo un anillo de diamantes, ni siquiera una canción. Solo sé que la-la-la significa te quiero”, cantaba Alton Ellis en su reggae. Y no buscaré más, porque, desde los de Busby Berkeley tras el crack del 29, los musicales sirven en tiempos duros para eso: salirte de tu camisa, de tu cartera, de tu vida. Un rato.

Yo salí pensando en las cataratas de Iguazú en los ojos Disney de Emma Stone y en cómo Ryan Gosling freía sanjacobos con una sola mano, la otra en el bolsillo de su traje a medida, silbando un estándar de jazz. Porque prefiero tres gestos tontos con encanto que una crítica aburrida de tres páginas. Prefiero, en definitiva, a Fats Waller. Escribía Vonnegut en 'Cronomoto' que este pianista gritaba una frase cuando se sorprendía enfrascado en un solo especialmente hilarante, eufórico, radiante: “Y era esta: disparadme ahora; ¡disparadme mientras soy feliz!”.