17 feb 2020

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Cambio en la Casa Blanca

Un recluso de Guantánamo, escoltado por dos guardias en el penal, junto a otros dos presos en sus celdas.

AP / TOMAS VAN HOUTRYVE

Dejar Guantánamo a Trump

DANI VILARÓ

El centro de detención es un símbolo global y desgarrador de la violación de los derechos humanos

Barack Obama afronta los últimos días de presidencia y tiene sobre la mesa una cuestión importante que ha marcado su mandato en derechos humanos: ¿qué hacer con Guantánamo? En el 2008, en campaña, prometió que lo cerraría y, de hecho, su primer decreto fijó fecha: 22 de enero del 2010. Estos días, cuando se cumplen 15 años del centro, sabemos que la promesa es casi imposible de cumplir.

Si bien es cierto que Obama heredó un Guantánamo con 242 personas y que redujo su número hasta las cincuenta y pocas, no ha actuado con suficiente firmeza para poner fin a la pesadilla de unas personas encerradas sin ser juzgadas ni siquiera acusadas de nada concreto más allá del vago concepto de combatientes enemigos. El bloqueo de la mayoría republicana en el Congreso explica la dificultad del presidente para transferir presos del centro a terceros países y vaciarlo. Pero no es la única explicación.

RESPUESTA INADECUADA

El marco mental, y también legal, que la Administración Obama ha aplicado en Guantánamo se ha alejado de un enfoque de derechos humanos y, de hecho, es el mismo que inspiró su apertura: la guerra contra el terror de Bush, el combate al enemigo del 11-S minando normas de derechos humanos y tratados internacionales. Esta combinación de política doméstica, equilibrios internos y disputas entre republicanos y demócratas en las cámaras legislativas, y la continuidad de la doctrina que opone seguridad y derechos humanos, como si fueran contrapuestos, ha supuesto una respuesta inadecuada y letal al problema.

En 15 años, Guantánamo se ha convertido en un símbolo global y desgarrador de la falta de respeto a los derechos humanos. Hemos visto tortura sistemática, detención indefinida, huelgas de hambre y alimentación forzosa de quienes las seguían, suicidios e incluso una docena de presos menores de edad. Y todavía hay asignaturas pendientes: las personas detenidas tienen derecho a ser acusadas, a recibir un juicio justo y a ser liberadas si no se demuestra su culpabilidad.

Es este Guantánamo el que heredará Trump el 20 de enero. En campaña dijo que autorizaría nuevamente el uso de la tortura «más allá del 'waterboarding'» y volvería a «llenar Guantánamo de malos». Lo que Trump muestra es la posibilidad real de volver a utilizar la tortura a gran escala en nombre de la seguridad: si ya se hizo antes y nadie rindió cuentas, ¿por qué no repetirlo? Muestra también voluntad de dejar abierto un centro de detención fuera de EEUU para encerrar a los malos. Inquietante.

Dejar Guantánamo a Trump supone un riesgo de que el centro se eternice. Que se emplee para recluir a personas sin acusarlas de nada. ¿Quién nos asegura, por ejemplo, que Trump no recurrirá a él para concretar la retórica antimusulmana y antiinmigración de la campaña electoral? Dejar Guantánamo a Trump supondría, para Obama, un legado tóxico para los derechos humanos.