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Al contrataque

Federico Trillo.

AFP / JORGE GUERRERO

Ha sido para el PP, en sus problemas judiciales, un buen experto, un conseguidor de resultados que parecen milagrosos

Algunos creen que un buen experto en temas jurídicos es un sujeto que sabe lograr que su cliente no sea considerado judicialmente culpable independientemente de lo que haya podido llegar a hacer. Federico Trillo ha sido para el PP, en sus problemas judiciales, un buen experto, un conseguidor de resultados que parecen milagrosos. Pero quienes no creen en teorías celestiales atribuyen los resultados de Trillo en ese campo, sus exculpaciones, a dos saberes: saber manejar con total frialdad los respetos y temores que rodean al poder político contundente, y saber encontrar los resquicios y lagunas tanto de las leyes como de la instrucción judicial.

Hay gente que aplaude eso. Cree mérito profesional que incluso en posibles delitos con víctimas se sepan frenar sistemáticamente las diligencias o se fuercen las dudas sobre las prescripciones. O que se obtengan buenos porcentajes de extravíos o traspapelamientos de documentos. O que abunden las destrucciones de memorias de ordenadores. O que haya retractaciones de confesiones. O que se anulen pruebas comprometedoras a causa de errores de los instructores. Hay gente que valora todo eso como un mérito. No es mi caso, por cierto, pues considero que la justicia no es una técnica.

Para lograr que no se dicte culpabilidad independientemente de lo que se haya hecho también se necesita suerte. La suerte de que no le toquen a uno, por el azar del turno de reparto, jueces gruñones en vez de magistrados comprensivos. Los buenos expertos en temas jurídicos, como Trillo, tienen frecuentemente esa suerte, o como quieran llamarla. O encajan con aquel dicho de que la suerte es para quien se la trabaja.

UN TIRO EN EL PROPIO PIE

No deja de ser una paradoja que a un listo así, como Trillo, de aureola tan inconfundible como la del queso Patamulo, le nombren ministro de Defensa y se le caiga un avión lleno de soldados sin que el enemigo dispare y sin que nadie pueda decir que fue un accidente imprevisible. Y otra paradoja es que su lento y bastante plano Consejo de Estado estime que las muertes se produjeron por poco menos que un tiro en el propio pie del ministerio que Trillo controlaba hasta en su más mínimo detalle.

Al parecer, Trillo había perdido sus saberes. Predicaba sobre lo mucho que valen los militares, lo muy abnegados que son y lo poco que perciben a cambio, pero no supo velar con suficiente eficacia por la seguridad de un puñado de soldados que dependían de él. Premiado, además, con la siempre postinera embajada en Londres, a la que ha renunciado esta tarde. Desde ella, y pese a ser fino experto jurídico, cometió la grosería de atribuir intencionalidad de más indemnizaciones económicas a quienes únicamente pedían toda la justicia. Es decir, pedían que se acabase de aclarar lo que el propio Trillo contribuyó a dejar en situación opaca: su propio papel.