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MIRADOR

El president Carles Puigdemont y el expresident Artur Mas, en la sede del PDECat en Barcelona.

EFE / ALEJANDRO GARCIA

La licuación del proceso

Joaquim Coll

En la política catalana todo lo sólido se desvanece en el aire a una velocidad pavorosa

La muerte del eminente sociólogo Zygmunt Bauman ha puesto de nuevo en circulación el importante concepto “modernidad líquida” para entender la sociedad actual, en la que todo es fugaz y “nuestros acuerdos son temporales, pasajeros, válidos solo hasta nuevo aviso”. Seguramente este irónico pensador hubiera estado de acuerdo en la observación de que en la política catalana todo lo sólido se desvanece en el aire a una velocidad pavorosa. El pasado domingo, EL PERIÓDICO repasaba los nombres de algunos líderes políticos (Pere NavarroJoan HerreraAlicia Sánchez-Camacho y Josep Antoni Duran Lleida) que han sucumbido al auge independentista.

Pero las “víctimas” del proceso también están en el campo de los promotores de la secesión, como Antonio Baños, cabeza de lista de la CUP en las elecciones del 27-S, o el mismísimo Artur Mas, defenestrado por los anticapitalistas hace un año. Nadie se lo hubiera pronosticado tras la consulta del 9-N, cuando se vanaglorió de haber engañado al Estado. Ocho meses más tarde, tuvo que conformarse con ir el cuarto en la lista de Junts pel Sí y, en enero del 2016, se echó a un lado a cambio de una estabilidad parlamentaria que Carles Puigdemont todavía no ha encontrado.

Desde entonces, el Govern ha perdido 150 votaciones, nos recuerda la diputada socialista Eva Granados. La derrota más importante fue la ley de presupuestos: obligó a prorrogarlos y a que Puigdemont se sometiera a una moción de confianza para ganarse el apoyo de los anticapitalistas a cambio de un referéndum, sin que haya servido tampoco para garantizar la aprobación de las cuentas del 2017. En las últimas semanas, la incertidumbre no ha hecho más que agrandarse.

Lo único cierto es que todo sigue en el aire. Es otra señal de la licuación de la política catalana, que alcanza ya al núcleo del propio proceso separatista. Ahora es el partido del 'president', el PDECat y el viejo mundo convergente, el espacio que ha entrado en fase de liquidación, carente de estrategia y liderazgo. “Peor no lo pueden hacer”, afirman algunos de sus articulistas de referencia, como Pilar Rahola. Por fin reconocen que perdieron su plebiscito el 27-S y que, en el mejor de los casos, la independencia va para largo.

A la licuación del proceso contribuye la debilidad del Govern, por la inestabilidad parlamentaria y su bajo perfil político, más allá de la figura de Mosén Junqueras, que juega a ser el nuevo Pujol de la Catalunya de orden. En su fuero interno desea que la CUP provoque el adelanto electoral. La hostilidad del contexto internacional frente a los referéndums también ayuda a licuar el proceso.

En ningún caso se materializará, aunque el Estado tenga que aplicar medidas coercitivas, y nadie en Europa prestará el más mínimo apoyo a un intento de secesión unilateral, que sus respectivos marcos constitucionales también rechazan, como confirman los casos de Baviera y Véneto. En el 2017, asistiremos a la licuación del proceso, si bien habrá un momento difícil cuando se toque hueso, tras las multas e inhabilitaciones, y se acabe la “revolución de las sonrisas”.