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Dos miradas

Bauman tiene la virtud de concentrar en un solo concepto, modernidad líquida, el grueso de su reflexión filosófica

Leo un comentario que dice: «¡Sí, hombre, ahora resultará que todos hemos leído a Bauman!». Quien lo escribió tal vez ya estaba harto de hacer ver que había leído a Berger y a Piglia y no podía soportar más la impostura. Es lo que tienen los decesos notables de notables artistas o intelectuales: que tenemos que  tener a mano un tipo de comentario, el que sea, para demostrar que sabíamos quiénes eran y qué habían escrito o pintado, o qué música habían compuesto. Con Berger podemos hablar de pedagogía de la mirada, que siempre queda bien. La cuestión es quedar bien. Y si vamos un poco más allá podemos mencionar su afición por la fotografía o su deseo de revuelta social. Con Piglia la cosa se complica. Quizá si decimos que fue el más grande después de Borges acertamos, pero corremos el riesgo de que alguien cite a Bioy o, en otro nivel, a Fontanarrosa. Entonces podemos tener un problema serio.
    Bauman, sin embargo, tiene la virtud de concentrar en un solo concepto –claro, nítido y, si se me permite la broma, incluso sólido–  el grueso de su reflexión filosófica. Nos sacamos de la manga la modernidad líquida y quedamos como unos señores. La cultura es líquida y el mundo contemporáneo es líquido, que quiere decir que todo fluye y que las grandes certezas ahora son olas en un vaso de agua que bascula. Cada uno que lo aliñe como pueda, con florilegios incluidos. Tenemos el éxito asegurado. «Ah, sí, por supuesto, y la retención de líquidos, que también habló de eso».

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