El control de los alumnos

El ojo que todo lo ve

Introducir la videovigilancia en las aulas significaría sustituir la mirada pedagógica por la visión tecnológica

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Salida de alumnos del instituto Joan Brudieu de La Seu d’Urgell. 

Salida de alumnos del instituto Joan Brudieu de La Seu d’Urgell.  / RAMON GABRIEL

El Departament d’Ensenyament ha vetado el uso de cámaras de vigilancia en las aulas del IES Joan Brudieu, en La Seu d’Urgell. Parece que el director del centro justificaba la instalación de esta tecnología por el alto grado de conflictividad en determinados grupos de clase. El objetivo era detectar e identificar a los alumnos disruptivos para poner orden. Poner orden es algo que toda práctica educativa establece. Hacer filas, sentarse en clase, no levantar la voz, pedir por favor las cosas, pero también calificar con una nota a los mejores y a los peores, castigar a los indisciplinados o desobedientes, son modalidades de lo que el filósofo Michel Foucault llamó «el orden del discurso» escolar. Los cuerpos en la escuela deben comportarse de una determinada manera, generalmente regulada por la disciplina: ser respetuoso, no agredir a los compañeros, no gritarles, no romper el material.

TRANSGREDIR UN LÍMITE

¿Qué novedad aporta la tecnología en estos mecanismos de regulación del comportamiento, tan antiguos y conocidos por la vieja institución escolar? De entrada, hace posible un control más preciso y exhaustivo. Las cámaras de videovigilancia en la parte de fuera de algunos centros escolares se colocan para atrapar a los responsables de fechorías, asaltos o desperfectos. Tienen, digamos, una misión policial, para detener a los infractores buscando evidencias. Sin embargo, hacerlas entrar en las aulas representaría transgredir un límite de tipo ético y educativo respecto de las prácticas de control tecnológico habituales. Ensenyament ha  identificado con precisión y prudencia este límite y por eso lo ha impedido.

ALGO MÁS QUE LA VISIÓN

¿Cuál sería ese límite? Hacer entrar la videovigilancia en las aulas supondría sustituir en un espacio íntimamente educativo –es decir, de experiencia relacional entre alumnos y maestro– la mirada pedagógica por la visión tecnológica. No es lo mismo ayudar a un niño a hacer una tarea que le cuesta, dándole apoyo, indicaciones, hablándole suavemente cuando es necesario, regañar a otro severamente o darse cuenta de que hay un alumno angustiado con quien sería bueno tener una conversación, que registrar sistemáticamente, con la pretensión de no ahorrar ningún detalle, cada una de las acciones en el aula.

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La transparencia de la máquina implica un control de la visión más allá de la mirada simbólica. En la visión transparente del objetivo de una cámara no se pierde nada, todo son evidencias. En cambio, en la práctica educativa la mirada pedagógica no lo capta todo completamente, no en el sentido de la clarividencia total o el registro exhaustivo. Para eso se necesita algo más que la visión: la disponibilidad, la ternura, la confianza, la alteridad, lo que el vídeo no puede atrapar. La cámara, en cambio, es el ojo que todo lo ve, el objeto ideal para convertir la experiencia relacional de la educación en una modalidad de la ingeniería social. Que Ensenyament haya impedido la transgresión de este límite, en defensa de una mirada pedagógica y una condición humana más civilizada, es la mejor de las noticias.