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Al contrataque

Terraza de un restaurante de Barcelona.

Baja los pies de la silla, niño

Milena Busquets

Me limité a lanzarle algunas miradas amenazadoras intentado imitar las que me lanzaba mi abuela

Cada mañana voy a tomar el cortado a una pastelería que está al lado de casa. Hay una única mesa muy larga que va de punta a punta del local. Siempre me han gustado las mesas comunitarias, en una de ellas se conocieron mis padres, así que las considero un lugar de intriga y emoción, aunque estén llenas de niños merendando y solo sirvan chocolate a la taza.  

Si vas a la hora en la que los oficinistas salen a tomar café, te puedes encontrar a alguno intentando impresionar a una chica con los cruasans. Veo cada vez el forcejeo por quién paga la cuenta, la resistencia un poco fingida de ella, la alegría y el ímpetu de él, el roce ligero de un hombro o de una mano, las risas un poco nerviosas de ambos (y cada vez me alegro de que hombres y mujeres seamos tan distintos y de que a pesar de eso nos gusten los mismos juegos y nuestros gestos de cortejo encajen siempre con tanta precisión, con tanta gracia, con tanto optimismo). Si vas entre horas, suele haber alguna mujer mayor con perlas y esa rigidez un poco impostada que otorga el dinero y el no haber sabido despilfarrarlo lo suficiente. Si vas el fin de semana, puede suceder cualquier cosa.

El otro día, por ejemplo, un niño puso los pies encima de una silla. Estaba con su familia. El crío se había recostado encima de la madre y tenía los pies encima de la silla de al lado. Me pareció muy mal pero por timidez, me limité a lanzarle algunas miradas amenazadoras intentado imitar las que me lanzaba mi abuela y, al ver que no surgían ningún efecto, me centré en la lectura del periódico. 

Al cabo de un momento, llegó una señora mayor, con perlas pero sin ninguna rigidez y, al ver el espectáculo, exclamó: «Niño, baja los pies de la silla, que aquí se va a sentar otra gente». El niño la miró con una mezcla de lástima y desprecio y, sin decir una palabra, siguió espachurrado en su silla. La señora repitió la misma frase sin que ningún miembro de la familia pestañease. Por un momento pensé que tal vez se trataba de una familia de sordomudos. Entonces, empecé a hablar con la viejecita que se había quedado un poco perpleja, le dije que tenía toda la razón, que yo jamás dejaría que mis hijos pusiesen los pies encima de la silla. La familia siguió como si oyese llover. Al final, el padre dijo: «Vámonos». Se levantaron y se fueron.

MADRES Y ABUELAS

La viejecita me dijo, riendo: «Me estoy convirtiendo en mi madre». Y yo añadí: «Y yo ya me he convertido en mi abuela, pero tengo que perfeccionar su mirada». Al salir los vi sentados en un banco de la plaza, pensé que me escupirían o que me dirían algo, pero no, me volvieron a ignorar muy dignamente. 

El niño estaba sentado como un príncipe. 

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