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IDEAS

Conozco un caso cercano. Llevaban 64 años de feliz matrimonio. Y un día, él murió en la paz de los suyos. Ella atendió el duelo, el funeral y el entierro con la dignidad de una reina antigua. Se acostó, agotada por el ir y venir de tanta gente, tanto abrazo, tanto consuelo, y ya no volvió a levantarse. Cuando, a la mañana siguiente, fueron a despertarla, la hallaron en coma. Estuvo así dos semanas, más allá que aquí, hasta que pudo más el allá y nos dejó solos aquí. Quiso dejar claro que la vida sin él no tenía sentido. Y decidió acompañarle, como cuando en vida salían, apenas cantado el gallo, para llegar, tempraneros, a la primera misa del día.

Conozco otro caso, tambien cercano. Cuando supo -o imaginó, o dedujo, o se enteró, con artimañas de las suyas- de la condena y el plazo, dijo muy sereno: "Me conformo con llegar a los 80. No pido más. Pero que no me quiten los 80. Llego a los 80 y me doy por cumplido". Faltaban tres meses para el cumpleaños. Llegada la fecha, los cumplió y murió a los dos días. Tuvo los 80 que quería y aún se permitió el lujo de regalarse dos de propina para despedirse como le gustaba, sin agobios, de uno en uno y por su orden.

La muerte de Debbie Reynolds la retrata mucho más madre de lo que en su tiempo decían las crónicas de Hollywood Babilonia

Ahora Debbie Reynolds ha corrido a acompañar a su hija Carrie Fisher, con apenas 24 horas de diferencia, en una decisión que la retrata mucho más madre de lo que, en su tiempo, decian las crónicas de Hollywood Babilonia. ¿Casualidad? ¿Causalidad? Demasiado perfecto para dejarlo al puro acaso. ¿Será eso el libre albedrío? ¿Hasta qué punto son dueños, algunos, del telón final? Y no hablo del suicidio. Pienso, más bien, en lo de la canción: "Entonces yo daré la media vuelta y me iré con el sol cuando muera la tarde...".

Creo de verdad que los dos primeros cerraron (o abrieron) la puerta con sus propias manos, en el momento que quisieron. Y creo que lo mismo ha hecho Debbie Reynolds. Creyéndolo así el mundo se me hace más amable; esta noche, menos trascendente, y el año que empieza, mucho más luminoso que de costumbre.

¡Feliz Año Nuevo!

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