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Felipe VI busca su lugar

Antón Losada

Durante más de una década los mensajes navideños de Juan Carlos fueron símbolo de normalidad democrática

Acaba otro año delicado para Felipe VI. Lo prueban el juicio Nóos que ha puesto imágenes al expolio a la sombra de la corte real, la decisión de Mariano Rajoy de utilizarle como escudo humano tras las elecciones, las demandas para que jugara a aprendiz de brujo o la gestión de una agenda en funciones. La grosería de su hermana Cristina, la infanta niñata que solo espera que su juicio acabe para no volver a pisar este país que le ha dado cuanto tiene, ha sido el peor spoiler posible antes del mensaje navideño, uno de los escasos momentos tranquilos.

La noche no empezó mal. Seguramente para compensar la frialdad y distancia criticadas el año anterior al elegir hablar desde el salón del Trono, en el arranque de su discurso el monarca intentó construir una especie de "patriotismo con rostro humano". España es un gran país, lleno de gente que trabaja, se sacrifica y sabe salir adelante. Faltó en ese relato más espacio para los perdedores, para los refugiados, para quien sufre la pobreza infantil o energética o para las víctimas del terrorismo machista. También faltó alguna palabra contra la corrupción y los corruptos aprovechados de esa grandeza de espíritu, alguna mención a los próximos que representan lo contrario, a tanto trabajo honrado, solidaridad y sacrificio. Aunque no todo fueron olvidos. Hubo tiempo para hablar de la desigualdad ampliada por la crisis y la urgencia de, al menos, contener la brecha. 

RESPETO

Luego el mensaje volvió por donde suele. Como todos los años los problemas de España, suponemos que también Catalunya, se arreglan con respeto, especialmente hacia quienes piensan diferente aunque no piensen tan a lo europeo como parece creer el Rey. Lo importante es que lo hagan dentro de un orden y con respeto a la ley porque si no, solo traen problemas y líos.

La tradicional mirada al futuro en la parte final reprodujo una exhaustiva  relación  de lugares comunes. Seguramente hemos llegado a un punto donde alguien debe recordarlos. No solo la tecnología, el mundo ha cambiado y sigue moviéndose a toda velocidad. Debemos prepararnos para ser protagonistas en ese nuevo modelo de mundo y la clave esencial será la educación; exactamente lo contrario de cuanto hemos hecho los últimos años.

Tras el fallido experimento de felicitar las fiestas a la España que aún no sabe si ha salido de la crisis desde la parafernalia del Palacio Real, como si se tratara de un turista, Felipe VI ha regresado a un escenario más familiar y cotidiano. Durante más de una década los mensajes navideños de su padre constituyeron unos de nuestros símbolos de normalidad democrática. Hasta sus parodias funcionaban como un ejemplo de aquella España feliz que brillaba en Europa con su crecimiento económico y su progreso social. Felipe VI busca ansiosamente ocupar ese espacio y simbolizar de nuevo aquella rara mezcla de normalidad y progreso que creíamos poseer. Otro año más tendrá que seguir buscando. Pero al menos lo intenta. 

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