Ir a contenido

Confiar en Barcelona

Gerardo Pisarello

La ciudad que queremos construir requiere esfuerzos para no paralizar la aventura en común que tenemos por delante

El gobierno de Barcelona ha presentado su propuesta presupuestaria. Es una propuesta socialmente avanzada, la más consistente y la que más apoyos tiene dentro del consistorio. Pero hizo algo más. Sometió a la confianza de la ciudadanía un nuevo proyecto político que lleva ya un año y medio de andadura.

Durante este tiempo, se han puesto en marcha numerosos cambios en la ciudad. El principal, la lucha porque Barcelona sea una única ciudad. Diversa, pero sin vecinos de primera y de segunda. En dos años, el número de niños y niñas con derecho a becas comedor completas ha crecido un 324%. Se han multiplicado las ayudas a familias expuestas a un desahucio. Se han incrementado y creado nuevos planes de ocupación, de salud mental, de equipamientos, de bibliotecas y de transporte en los barrios. Se ha avanzado en la construcción de una ciudad feminista, comprometida con la igualdad de género. 

Este aumento sostenido de la inversión social y cultural contrasta con las políticas de recortes impuestas en muchos países europeos. Y ha sido elogiado por organismos imparciales como el Consejo Económico y Social de la ciudad. Junto a él, se han puesto sobre la mesa temas impostergables de la agenda urbana global. Al igual que muchas grandes metrópolis, Barcelona comienza a ser una referencia en la lucha contra la contaminación y en la defensa del transporte público y sostenible. También comienza a ser pionera, como Múnich o Hamburgo, en la municipalización del agua o la energía.

La ciudad que batalla contra las prácticas especulativas en ámbitos como la vivienda o los suministros básicos es la misma que defiende un compromiso claro con la economía productiva e innovadora. Los cambios en la contratación pública van en esa dirección. Hacer espacio a las pequeñas y medianas empresas, al mundo cooperativo y, en general, a las inversiones con alto retorno social y ambiental.

La soberanía tecnológica, la transición energética, la reindustrialización 4.0, el despliegue de un urbanismo social, más amable, se están convirtiendo en señas de identidad de la Barcelona de la próxima década. Este proyecto de ciudad es el que concita el interés de grandes pensadores como Noam Chomsky, Saskia Sassen o David Harvey. Es también el que, en un mundo acechado por los Trump y las Le Pen, genera complicidades con alcaldías progresistas como la de Anne Hidalgo, en París, o la de Bill de Blasio, en Nueva York. Y es el que está consiguiendo que Barcelona sea reconocida, en ámbitos como Naciones Unidas, como punta de lanza en la defensa de los derechos humanos, de la lucha contra la xenofobia o de la solidaridad con las personas refugiadas.

CONFIANZA INTERNACIONAL

Esa confianza internacional es inseparable de la creciente confianza de los propios vecinos y vecinas de la ciudad. Los barómetros y encuestas municipales no permiten mentir. A pesar de las dificultades, a pesar de gobernar en minoría, la gestión administrativa y financiera del nuevo gobierno recibe apoyos que no se producían desde tiempos de Pasqual Maragall.

Que fuerzas conservadoras como el PP y CiU se opongan a este proyecto e intenten desacreditarlo resulta comprensible. Muchas prioridades han cambiado y se han introducido en la agenda temas impensables hace pocos años. En el ámbito interno y en el internacional. Pero la Barcelona del futuro no se puede permitir volver a la época en que estos dos grupos pactaban presupuestos y modelo de ciudad.

Menos comprensible resulta la oposición de otras fuerzas de izquierdas. Porque los anhelos republicanos en común son muchos. Porque son numerosos los acuerdos ya alcanzados en materia social, fiscal o presupuestaria. O sencillamente porque gran parte de la ciudadanía no entiende que lo que se concede a un gobierno encabezado por el PDCAT se niegue a una experiencia de cambio como la de la capital de Catalunya.

Pero nada de esto puede ser un impedimento para pactos futuros. El Gobierno de la ciudad está llegando a acuerdos con administraciones de diferente color en temas clave como la tarjeta gratuita de transporte para menores de 17 años o la línea 10 de Metro. Y es lógico que así sea. Confiar en Barcelona, en la Barcelona justa y próspera que queremos construir, no implica renunciar a las diferencias legítimas. Pero sí realizar un esfuerzo, entre todos, para que los recelos de partido no paralicen la gran aventura en común que tenemos por delante. 

0 Comentarios
cargando