Ir a contenido

Durante estos días, nada empieza, todo acaba o so ralentiza, y lo que no hemos hecho durante el año tampoco lo hacemos ahora

La Navidad es esa época del año en la que es demasiado tarde y demasiado pronto para casi todo. Demasiado tarde y demasiado pronto para ponerse a escribir. Demasiado tarde y demasiado pronto para hacer las paces. Demasiado tarde y demasiado pronto para ponerse a leer el 'Ulises' de Joyce. Demasiado tarde y demasiado pronto para romperle el corazón a alguien (la mínima cortesía es esperar hasta año nuevo). Demasiado tarde y demasiado pronto para volverse a enamorar. Demasiado tarde y demasiado pronto para empezar a aprender alemán, judo o violín; y para dejar de fumar; y para intentar educar al perro; y para ordenar el armario; y para cambiar de vida.

Durante estos días, nada empieza, todo acaba o se ralentiza, y lo que no hemos hecho a lo largo del año, tampoco lo hacemos ahora, por pereza, por miedo, por compasión, por desidia, por cansancio, porque está a punto de empezar otro año, otra historia, otra oportunidad.

Uno siente con cierta congoja cómo las ruedas del mundo van aminorando su marcha hasta casi detenerse el día de Navidad. Y el mundo, que normalmente te lleva en volandas, ávida y despeinada, en su noria cruel, espléndida, enloquecida y frenética, ese día, te dice: "Ahora, querida, te tienes que bajar un rato de mi lomo, aquí te dejo, a las puertas de tu casa. Volveré dentro de unos días". Y ahí te quedas, un poco aturdida por el frenazo, revolviendo el bolso y los bolsillos en busca de tus llaves, intentando recordar dónde demonios las metiste.
 

SEREMOS FELICES

Como es demasiado pronto y demasiado tarde para casi todo, lo mejor es quedarse muy inmóvil (el menor golpe puede hacer que nos rompamos en mil pedazos), hacer solo movimientos minúsculos, gestos milimetrados, respirar solo lo justo (nada de respiraciones profundas), caminar como si en cualquier momento te pudieses caer (ponerse tacones solo para estar por casa), como si estuvieses pisando un lago helado y crujiente. 

No nos subiremos a una silla para recitar un poema. No intentaremos imitar el genial discurso de Navidad de Fanny y Alexander. No besaremos a nadie que no hayamos besado antes. No miraremos álbumes de fotos. No leeremos poesía (tal vez leamos a Wodehouse o a Saki). No contaremos los días o los meses o los años desde que. No escucharemos a Leonard Cohen, o solo muy bajito y como de reojo. No oiremos casi nada de lo que nos digan. Suspenderemos el deseo de querer estar en cualquier otro sitio del mundo. Todo nos dará igual o nos parecerá perfecto, que es casi lo mismo. Pondremos en práctica los ejercicios de meditación aprendidos durante el año. Seremos felices.

La semana que viene ya podremos volver a pensar en cómo arreglar nuestro pasado y también nuestro futuro.

Temas: Navidad

0 Comentarios
cargando