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Carme, 'you'll never walk alone'

Enric Marín

El Gobierno ha cometido un gran error, porque al apuntar a Forcadell ha tocado de forma muy torpe material particularmente sensible

El simbolismo inoportuno y más bien primitivo de quema de fotografías del Rey casi tapa el escándalo de las autopistas radiales de Madrid, pero el encausamiento de la presidenta del Parlament de Catalunya ha fulminado la operación diálogo y nos ha vuelto nuevamente a la realidad . En algún momento, en algún despacho, alguien o algunos con suficiente poder pensaron que era necesario e inevitable escarmentar a Carme Forcadell por permitir un debate sobre la independencia de Catalunya.

De hecho, era la única opción coherente con la línea de actuación seguida desde el 9-N de sistemática judicialización represiva de las reivindicaciones democráticas del soberanismo catalán. No podían estar más equivocados y, quizá desde hoy mismo ya lo empiezan a sospechar. El error ha sido colosal y solo se podía cometer desde una ignorancia alimentada por una visión lamentablemente endogámica y contaminada de propaganda.

En primer lugar, no es necesario ser un gran catalanófilo para saber que la restauración de la Generalitat en la figura del presidente Josep Tarradellas fue anterior a la aprobación de la Constitución de 1978 y que fue el único acto de reconocimiento de la legalidad republicana de la Transición democrática.

RUPTURA DEL PACTO

En segundo lugar, tampoco se necesita gran perspicacia analítica para entender que, por la forma y por el fondo, la sentencia del TC sobre el Estatut de Miravet significó en la práctica la ruptura del pacto constitucional del 78 en Catalunya. Y, en tercer lugar, porque la imagen de la persecución judicial de la presidenta de un parlamento democrático hace de muy mal explicar a la opinión pública internacional.

La lista de hechos que ayudan a entender la situación podría ser bastante más larga, pero la podemos cerrar con otras dos constataciones. En primer lugar, por más raquítico y vacío de contenido que haya quedado el Estatut de autonomía, el Parlament de Catalunya sigue representando la voluntad democrática de autogobierno de la sociedad catalana. Hoy con fuerza de identificación popular reforzada y renovada. Y, en segundo lugar, porque, junto con la añorada Muriel Casals, la presidenta Carme Forcadell ha sido y es el símbolo de lo que hemos llamado 'la revuelta de las sonrisas'.

FUERZA SIMBÓLICA

Por eso Carme Forcadell concentra dos significaciones de una fuerza simbólica y emotiva formidable: la de la lucha masiva y pacífica por las libertades nacionales y la institucional en un momento de singular densidad histórica.

De forma aparentemente incomprensible, el Gobierno español ha llevado el conflicto con la Generalitat al terreno menos favorable a sus intereses. Apuntando a Carmen Forcadell han tocado de forma muy torpe material particularmente sensible. No en vano, las dos consignas que más se han oído ante el palacio de Justicia han sido "Esto de democracia" y "Ni un paso atrás". Era la forma de decir que atacar a la presidenta del Parlament es un atentado democrático y que defenderla es una cuestión de dignidad colectiva. Los manifestantes parecían emular a los seguidores del Liverpool FC cuando cantan a sus jugadores 'you'll never walk alone' (nunca caminarás solo).

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