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Cargos públicos del Ayuntamiento de Badalona, trabajando, el pasado 6 de diciembre.

ALBERT BERTRAN

Constitución o Concepción

Joaquim Coll

Mariano Rajoy no ha cumplido su promesa de eliminar la mayoría de puentes festivos para pasarlos a lunes o viernes

Esta semana loca de fiestas discontinuas hemos vuelto a discutir dos cuestiones distintas que a menudo se confunden: la racionalización del calendario laboral y qué días hay que declarar festivos. La primera es una tarea todavía pendiente, inexplicablemente, pues no requiere de ningún cambio constitucional ni legislativo.

Mariano Rajoy presume de no tener otra receta política que la sensatez y el sentido común, pero ha sido incapaz de acometer aquello que prometió hace cinco años cuando realizó su discurso de investidura: eliminar la mayoría de puentes festivos para pasarlos a lunes o viernes. Patronal y sindicatos expresaron entonces su acuerdo en armonizar un calendario laboral al servicio de los intereses productivos, familiares y educativos. A falta de otras explicaciones, habrá que concluir que el Gobierno no lo ha hecho por pura indolencia.

El debate sobre las fiestas que merecen ser declaradas no laborables es más ideológico. Centrándonos solo en esta semana, la cuestión no admite dudas. La Constitución de 1978 descansa sobre un apoyo popular masivo en las urnas. En Catalunya, donde tanto se la denigra por parte del separatismo y la izquierda demagógica, el voto afirmativo alcanzó el 90,4%. Eso significa que, con un 68% de participación, fue avalada por algo más del 61% del censo electoral.

Ninguna otra carta magna había sido sometida antes a referéndum en España. Tampoco la Constitución de la II República, cosa que a veces se olvida. La fiesta del día 6 descansa sobre una legitimidad democrática indiscutible. En cambio, la fiesta de la Inmaculada Concepción responde a un dogma católico particularmente extravagante que muy pocos saben en qué consiste.

En 1988, el Gobierno de Felipe González intentó trasladarla al lunes, para evitar el mismo acueducto que hemos sufrido este año. Pero los obispos presionaron muchísimo y lograron el apoyo de los empresarios de la CEOE. Pero ya sería hora de eliminarla como fiesta nacional. Distorsiona y empequeñece la de la Constitución, y desborda su carácter no confesional y espíritu laico.

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