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LOS SÁBADOS, CIENCIA

Pasar a la posteridad

Manel Esteller

Detrás de grandes investigadores famosos suele haber otros igualmente importantes y poco conocidos

La memoria es tan frágil... Son tantos sus sesgos... ¿Y la historia? Todavía peor. La Historia es escrita por los ganadores. Solo de vez en cuando los perdedores son reivindicados. Si miramos los científicos recordados por la sociedad, podemos decir exactamente lo mismo. Son numerosísimas las circunstancias que hacen que un investigador pase a la posteridad mientras otros solo son conocidos por los especialistas. Por eso quisiera hoy hablar brevemente de los que ocupan el segundo lugar. Los segundos de a bordo detrás de las figuras que han pasado al olimpo de la ciencia. Un pequeño reconocimiento para ellos y ellas.

WALLACE, PRECEDENTE DE DARWIN

Alfred Russel Wallace es uno de esos desconocidos héroes. Fue un naturalista y biólogo británico, que propuso una teoría de la evolución muy similar a la de Charles Darwin. Viajó por todo el mundo, desde el Amazonas a Malasia, y fue de los primeros en proponer la selección natural como el mecanismo principal de la evolución de las especies, idea expuesta en Sobre la tendencia de las variedades a diferenciarse indefinidamente del tipo original. Dice la leyenda que se le ocurrió cuando estaba afectado por la fiebre en una isla perdida. No solo eso, sino que gracias a la publicación de su obra temprana y la correspondencia con Darwin se cree que fue el catalizador para que este último presentara su obra magna El origen de las especies.

En la investigación de hoy se sobrevalora la actualidad y lo más importante siempre es la última moda

Rosalind Franklin es otro ejemplo paradigmático. Era una química y cristalógrafa inglesa, es decir, era capaz de resolver la estructura íntima de las moléculas haciendo fotos especiales, llamadas difracción de rayos X. Usando esta tecnología obtuvo las primeras pistas sobre la estructura en doble hélice del ADN el Kings College de Londres, trabajo que luego interpretaron James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins, ganando el Premio Nobel por este descubrimiento. Su historia es trágica, porque murió muy joven, de un cáncer de ovario a los 37 años. Se ha convertido también en un ejemplo de mujeres investigadoras que no vieron suficientemente reconocidos sus descubrimientos hasta que era demasiado tarde, pero por suerte su figura ha sido recuperada estos últimos años.

LA GRAN FAMILIA CURIE

Pierre Curie representa otro caso interesante. Fue un físico francés, de los que abrieron el camino para el estudio de la radiactividad. Pero si se dice que detrás todo gran hombre hay una gran mujer, aquí es al revés: detrás toda gran mujer hay también un gran hombre. Pierre Curie era el marido de Marie Curie, nacida como María Salomea Sklodowska en Polonia, una figura tan deslumbrante en vida y en su muerte que el resto de contemporáneos quedan en la sombra. Pero hay que recordar que Pierre Curie recibió el Premio Nobel de Física con Marie Curie y Henri Becquerel en 1903. Marie Curie volvería a ganar otro Nobel en 1911, este de Química, por el descubrimiento de los elementos radio y polonio. El empuje del Nobel iba con la familia, y a la hija de ambos, Irène Joliot-Curie, se le concedió el Nobel de Química 32 años después por haber continuado el trabajo de sus padres. En otro ejemplo de matrimonio bien avenido, el marido de IrèneFrédéric Joliot-Curie, también compartió el mismo premio.

Volviendo a Pierre Curie, y en otro rasgo común de estos segundos espadas, su vida fue truncada prematuramente al ser atropellado por un coche de caballos a los 47 años. Un destino casi idéntico al de nuestro genio Antoni Gaudí, arrollado en este caso por un tranvía en junio ​​de 1926. La gran Marie Curie le seguiría casi 30 años después por una leucemia, asociada a tantos años de haber trabajado con radiactividad. Pagando el último precio por la ciencia.

EL MAL DE LA POCA PACIENCIA 

Y la lista podría seguir y seguir. Sobre todo en momentos como los actuales, en los que se sobrevalora la actualidad y lo más importante siempre es la última moda, cuando hay poca paciencia, se recuerdan poco los descubrimientos de los que nos han precedido y se respeta poco a nuestros investigadores más veteranos que tanto contribuyeron a ellos. Y los nombres de segundos que quizá pasarán desapercibidos hacen girar la rueda una y otra vez. Un último ejemplo: la edición del ADN, la capacidad de manipular nuestro genoma con herramientas moleculares relativamente sencillas para introducir genes o eliminar otras, dará probablemente un premio Nobel a Jennifer Doudna, Emmanuelle Charpentier Feng Zhang, y será muy merecido, pero quizá olvidará que un señor de Murcia llamado Francisco Mojica también contribuyó decisivamente a estos descubrimientos. Siempre nos quedará el consuelo de Ninette. 

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