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Negociar de buena fe

Frente a la globalización podemos cerrar las fronteras o apostar por la innovación

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Donald Trump ha  frenado la deslocalización hacia México de 2.000 puestos de trabajo de la empresa Carrier en Indiana (EEUU). Posiblemente sea un acto propagandístico, con cartas marcadas, pero también un recordatorio de que la globalización está pidiendo a gritos una reflexión profunda. Especialmente cuando la derecha más racista se está erigiendo en banderín de enganche del malestar social, con recetas proteccionistas, de raza y territorios, que auguran malos tiempos.

Para hacer un pequeño aporte a esa reflexión compleja explicaré una experiencia, de hace diez años, cuando por encargo de la Generalitat, analicé algunas buenas prácticas en pymes afincadas en Catalunya. Entre ellas, una multinacional del sector auxiliar del automóvil se había planteado deslocalizar su producción a un país del Este europeo. Ante la decisión, aparentemente irreversible, el gerente de la planta pidió, y obtuvo del propietario, permiso para negociar con los trabajadores fórmulas que evitaran la deslocalización. El objetivo se logró llegando a un acuerdo complejo que contemplaba la reducción salarial sin pérdida de capacidad adquisitiva junto a medidas de reorganización para incrementar la productividad.

Frente al reto de la globalización  podemos cerrar las fronteras o apostar por la innovación 

La buena práctica no era el resultado sino el proceso para lograrlo, basado en la experiencia de los 'productivity agreements' anglosajones de negociar de "buena fe", sin las limitaciones legales de la negociación colectiva (que a posteriori puede incorporar los acuerdos) buscando la ganancia equilibrada entre negociadores frente a nuestro habitual modelo de confrontación. La 'Fair work Act' (2009) australiana es una buena guía actualizada de cómo alcanzar acuerdos de productividad.

Curiosamente, los encuentros con organizaciones empresariales compartiendo la experiencia despertaron poco interés. Porque un comité de empresa preparado y motivado para ese tipo de negociación era la excepción, se argumentó. Y era verdad. Porque lo que el pacto escondía era una práctica de empresa en la que lo habitual era negociar y no imponer, no por altruismo, sino por la constatación de que cuando los comités participan en los acuerdos de productividad, la innovación y la competitividad mejoran substancialmente.

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Pero éste es un proceso largo de aprendizaje y, sobre todo, un cambio en el paradigma de la confrontación ("no es no"), algo que los empresarios no querían emprender ni, desde luego, muchos sindicalistas.

Frente a los retos de la globalización podemos cerrar las fronteras, deflactar salarios y calidad del trabajo, o todo junto a la vez. También podemos apostar por la innovación, por la productividad, por la dignidad del trabajo. Pero eso pide paradigmas nuevos (que pueden ser viejos pero rejuvenecidos). Los acuerdos de productividad pueden ser una herramienta, entre otras, para intentarlo.