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Dos miradas

El informe PISA no habla de los héroes anónimos, de los maestros que son la coraza explícita contra la deriva determinista de aquellos que nacen marcados por la pobreza

Las buenas noticias de PISA han de valorarse con el mismo escepticismo, la misma prevención y el mismo estado de alerta que las malas noticias de hace tres años, de todos los demás años desde que existe esta radiografía del sistema educativo. Los datos, por supuesto, son mejores, pero eso no significa que la educación, en este país, sea lo que debería ser: el punto de partida de la lucha contra una desigualdad que es flagrante, empobrecedora y nociva para el conjunto de la sociedad, e injusta en un grado extremo. PISA nos dice que somos mejores en conocimientos pero también nos informa que el índice de equidad disminuye. Es decir, que la brecha que se establece según los recursos económicos se ensancha, tanto aquí como en el resto de Europa.

De esto saben mucho los maestros que cada día tienen que luchar en un entorno complicado, entendiendo que complicado es un eufemismo. Hombres y mujeres que entran cada día en el centro escolar con la voluntad férrea no sólo de transmitir una iluminación sobre la lengua o la ciencia sino de iluminar el futuro de los alumnos que viven en condiciones precarias. Estos profesores, maltratados a menudo por una administración que no valora lo suficiente el sacrificio personal -con bajones, con inquietudes, con baches-, son la coraza explícita contra la deriva determinista de aquellos que nacen marcados por la pobreza. Son su única esperanza. Esto, PISA no lo dice. PISA no habla de los héroes anónimos.

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