Ir a contenido
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, y la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, en el Congreso de los Diputados.

Al escondite constitucional

Antón Losada

Si alguien tiene alguna reforma que proponer que la presente y el gran guardián de las tablas de 1978, Mariano Rajoy, le confirmará si es sensata

El primer día de la Constitución de la XII legislatura ha servido para visualizar cómo entienden de verdad el Partido Popular y Mariano Rajoy eso de gobernar en minoría. En la cuestión de la reforma constitucional, los populares han evolucionado de usarla como arma arrojadiza contra los demás a convertirse en sus únicos custodios. El PP completa su propio circulo. Hemos pasado de la agresividad constitucional del aznarismo al paternalismo constitucional del marianismo.

Si alguien tiene alguna reforma que proponer que la presente y el gran guardián de las tablas de 1978, Mariano Rajoy, le confirmará si es sensata y razonable o una frivolidad y una ocurrencia. Presentándose como un padre sabio y protector que ha de guiar a sus hijos bien intencionados, pero inconscientes de los riesgos de la vida, Rajoy gana tiempo y logra, una vez más, el que parece ser su principal objetivo durante esta legislatura: levitar en un plano superior sobre sus adversarios y competidores.

Consciente de que su minoría le complica seguir empleando el texto constitucional como ariete frente a cualquier demanda o competidor político, Rajoy ha decidido reciclarlo como muralla destinada a fortalecer su posición. Ha quedado claro que los populares no van a mover un dedo para iniciar o facilitar la necesaria actualización al siglo XXI de la globalización, los clones y los 'smartphones' de una constitución escrita en el siglo pasado, tras cuarenta años de dictadura. Quien quiera reformarla que la traiga por cuadriplicado y la presente en el registro.

Pertrechado tras su muralla constitucional, Rajoy se dispone a resistir el asedio y demorar los plazos jugando al escondite constitucional con todos los demás. Él la lleva y los demás, a correr si no quieren ser descubiertos. A los socialistas piensa pillarlos con sus contradicciones internas y su esquizofrenia federalista mientras administra su urgencia por llegar a acuerdos mientras renuevan su liderazgo. A los nacionalistas piensa delatarlos con una combinación sutil de diálogo educado y partidas de los Presupuestos Generales del Estado. A Ciudadanos y Albert Rivera no les va a dar ni la oportunidad ni el gusto de hacerse una fotografía como si fuera Adolfo Suarez 2.0 y a Podemos ni siquiera va a intentar pillarlo; cuánto más lejos se vaya Pablo Iglesias, mejor.

Más allá del habitual chismorreo sobre asistentes y ausentes y el sadomasoquismo constitucional con que algunos repasan la lista de ayuntamientos que no han celebrado la fiesta, lo cierto es que cada año más gente se sitúa o se siente fuera del marco constitucional suministrado por la Constitución de 1978. Unos quieren expandir los derechos sociales, otros, los políticos; unos quieren una nueva concepción del Estado, otros, un reparto diferente de poderes; unos demandan ser reconocidos y otros, ser protegidos. En política, jugar al escondite con los problemas puede resultar entretenido y hasta rentable,  pero se corre demasiado riesgo de acabar jugando solo.