Italia y Europa, en una dimensión desconocida

El proyecto europeo queda muy herido porque toda la oposición, crecida con el 'no' a la reforma constitucional, es contraria a la UE

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Dos mujeres en la cola para ir a votar en el referéndum sobre la reforma de la Constitución italiana.

Dos mujeres en la cola para ir a votar en el referéndum sobre la reforma de la Constitución italiana. / REUTERS

La jornada de ayer ha dado unos resultados electorales contrastados. Si la ultraderecha perdía en Austria, en Italia se abrían las puertas de par en par al populismo porque el resultado del referéndum sumerge al país en una dimensión desconocida. A los italianos, pero también al resto de europeos.

Un resultado como este, aunque se esgriman razones de que la reforma constitucional propuesta era una chapuza (que no lo es aunque, como todo, es mejorable), o que Matteo Renzi, con su mucha arrogancia y escasos resultados, ha agotado la paciencia de muchos italianos, incluso del centroizquierda de donde él mismo procede, tiene un efecto que puede ser devastador. La oposición ahora bien crecida con el resultado, tanto la que se sitúa en la derecha como en la izquierda, es contraria a la Unión Europea. Que esto ocurra en uno de los seis países fundadores de la UE reviste una enorme gravedad porque deja al proyecto europeo gravemente herido. Y esto, el efecto sobre la Unión, marca una gran diferencia con lo ocurrido en Austria cuyo peso histórico en el proyecto europeo es mucho menor.

LA CALIDAD DE LOS POLÍTICOS

Lo ocurrido en Italia demuestra también la calidad de los políticos. Renzi tomó el mismo camino de David Cameron, el de anunciar de forma innecesaria que renunciaba, para salvar su futuro político, si perdía el referéndum. El británico lo hizo porque se veía amenazado por el sector más antieuropeísta de su partido. El italiano buscó la legitimación de las urnas, dado que su llegada a la presidencia del Gobierno no fue fruto de unas elecciones sino de un golpe de mano contra su antecesor, Enrico Letta.  El tiempo que se abre ahora en Italia es un gran interrogante.

Por su parte, los austriacos han tenido una segunda oportunidad. Han podido deshacer la ajustadísima victoria de la candidatura verde del pasado mes de mayo por una victoria mucho más amplia sobre el representante de la ultraderecha. Asomarse al precipicio es un ejercicio que invita a la cordura. ¿Ganaría el voto favorable a permanecer en la UE si los británicos tuvieran esta segunda oportunidad? Podría muy bien ser, visto lo que se les avecina en tiempos largos y, sobre todo, en costes desorbitados.

MORAL PARA LOS DEMÓCRATAS

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Ahora bien, ¿debemos echar las campanas al vuelo por la victoria de Alexander Van der Bellen, el candidato ecologista, cuando Norbert Hofer, se ha alzado con el 46,4 % --¡el cuarenta y seis coma cuatro!-- de los votos? De ninguna manera. Y menos en un mundo donde las certezas de un pasado recentísimo han desaparecido. En estas elecciones presidenciales austriacas, por ejemplo, ninguno de los dos candidatos representaba a ninguno de los grandes partidos que han gobernado Austria de forma estable desde el fin de la segunda guerra mundial.

Esta victoria dará moral a los demócratas, pero no eliminará el caldo de cultivo de la política identitaria ni hará que desaparezca la desafección de las clases medias empobrecidas. Menos todavía cuando uno de los países que siempre había hecho gala de su gran europeísmo como es Italia prefiere lanzarse al aventurismo.