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Sioux y Comanches en Nueva York

Ramón Lobo

Busco un bar en Nueva York para ver el clásico, uno repleto de culés. Me encanta ver los partidos en territorio comanche, jugármela entre la tribu rival. Da morbo ser un voyeur de sus penas y alegrías, sobre todo de las penas. No llevo puesto el uniforme sioux porque no soy tan suicida. Prefiero ir de incógnito, protegido más o menos por mi cara de guiri. Una vez se me escapó un grito en la grada del Camp Nou: “¡Penalti!”. Corregí rápido: “Bueno, quizá no”.

Además, el truco trae suerte. Gracias a él ganamos las dos últimas Champions y no por los fichajes de Florentino. La primera, la del gol de Sergio Ramos en el último suspiro en Lisboa, la vi en la Cerveseria Congrés, en el carrer de Felip II en Barcelona, un lugar de lo más comanche, siempre inundado de culés. Fue culpa de Rosa, la dueña: me puso una jarra con el escudo del Barça. Fue un error: la jarra era rebelde y mágica. En el 0-4 en Liga, en el Bernabéu, se negó a sacarla. Perdimos por la tozuda antideportividad de Rosa. No hay que modificar las cosas cuando funcionan.

La segunda Champions ganada en estos años la vi en Tenerife, territorio enemigo por tradición. Estuve tocando madera todo el partido, prórroga y penaltis incluidos. Tenía los dedos agarrotados de tanto apretar el borde de la mesa. No sucumbí a los encantos de una ninfa escotada (enviada por Bartomeu) que se paseaba entre las mesas ni (a) los organizadores de la feria del Libro de Tenerife que me habían invitado a la isla. Me negué a cenar hasta el pitido final. Di una imagen de hooligan supersticioso impropia de un tipo que escribe libros.

No me gustan los Clásicos que parecen favorables. Dan mala espina. Hay que ser cauto, no vender la burra ni la piel del oso antes de tiempo. Este lo es por resultados, clasificación y suerte, porque suerte es no tener que jugar con un 4-3-3 y solo siete implicados en labores de defensa. Los seis puntos de ventaja tienen dos lecturas: se puede perder (mala idea) o hay que ganar como sea. No solo por que serían nueve, sino por el mazazo psicológico, por ahondar en la inseguridad del rival.

Messi es grande, pero necesita un equipo. Cuando lo tuvo fue el mejor. Ahora que no lo tiene tanto, entre jubilaciones, salidas, fichajes errados y lesiones, Messi es una lotería. Si tiene el día bueno estás perdido. El Barça le debe muchos puntos y muchos títulos. Veremos cómo funciona la MSN, una sigla forzada, copiona y que suena peor que BBC, de más tradición periodística. Busquets está desconocido y Rakitic no puede hacer todo el trabajo. Detrás, una defensa endeble y un portero no apto para cardiacos. Este clásico depende más que nunca de San Messi.

Veré el partido sin disfraces: ni camiseta ni gorra, solo con la sonrisa, si cabe. A la vez preparo un golpe genial con el hijo de un amigo que está en crisis de colores. Transita del Barça al Rayo (abandonado en el descenso), Atlético y Real Madrid. En el bar de Rosa afean a mi amigo las dudas de su hijo, como si se jugara en ellas ser buen padre para la comunidad. Él, algo abrumado, le compró una camiseta de Iniesta (que tiene el corazón merengue). Le llevaré por Reyes una de Cristiano y firmada. Esta es la otra guerra, el otro clásico, el de la evangelización constante.

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