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Onofre Bouvila estuvo aquí

Jordi Puntí

Vivo en el barrio de la Ribera, me gusta pasear por el parque de la Ciutadella, comprar en las escasas tiendas ultramarinas que aun quedan, y ocurre a veces que veo pasar a mi lado la inconfundible figura de Onofre Bouvila. Un siglo más tarde, sigue habiendo en Barcelona tipos como el protagonista de 'La ciudad de los prodigios', gente de comarcas que llegó a la ciudad a triunfar o simplemente a buscar una oportunidad. Me cruzo con Onofres que son como al principio de la novela, con “la ropa apedazada, hecha un rebujo y bastante sucia”, aunque quizá ahora vengan más lejos que del noroeste catalán, pero también los señores Bouvila con cara de tener chófer y guardaespaldas, saberse influyentes y asimismo añorar los bajos fondos de su juventud, esa 'nostalgie de la boue' que pasaba siempre por el barrio Chino.

En 1986, cuando Eduardo Mendoza publicó 'La ciudad de los prodigios' se vio enseguida que su retrato picaresco y mundano del antihéroe, abriéndose camino en la vida, era también el retrato de Barcelona entre dos Exposiciones. La ciudad vivía entonces pendiente de los Juegos Olímpicos, esperando el gran salto adelante, y ese relato urbano necesitaba la inspiración de una 'gran novela de Barcelona'. El éxito fue inmediato y por méritos propios. Años después, en 1999, en la 'Nota inicial a una reedición', Mendoza contó que en realidad el mérito era de la propia Barcelona, de su transformación urbanística, y que él simplemente pasaba por allí con su libro. En cuanto a la gran novela de Barcelona, recordó que en el pasado había ya un buen número de obras que habían conseguido el mismo efecto, desde 'La febre d’or', de Narcís Oller, a la 'Vida privada' de Josep M. de Sagarra o la trilogía de 'Mariona Rebull', de Ignacio Agustí. Es decir, trazaba así una tradición viva de la Barcelona literaria de esos años del cambio de siglo.

Con Eduardo Mendoza, el Premio Cervantes vuelve as Barcelona, tras Matute y Marsé

Todas las grandes ciudades necesitan un panorama literario que les dé pedigrí cada tantos años. Esta es la paradoja: sus calles y edificios y gentes pasarán a la historia si alguien las describe e incluye en una obra de ficción, en una invención. Eduardo Mendoza llenó de literatura esas cuatro décadas que van de 1888 a 1929, la adolescencia de la Barcelona moderna, pero su huella escrita abarcará mucho más. En 'El misterio de la cripta embrujada', la historia policiaca se sitúa a finales de los años setenta, aunque el ambiente franquista en escuelas y comisarías siga bien presente en la novela. 'Una comedia ligera' recrea en parte la Barcelona burguesa de los años 40 y el espejismo de glamur en que vivía el mundo del espectáculo. En 'Mauricio o las elecciones primarias' se acerca más al presente para relatar la Barcelona de la especulación, que ha despertado entre sudores del sueño olímpico.

Con Eduardo Mendoza, pues, el premio Cervantes vuelve a Barcelona. En los últimos años, los premiados Ana María Matute (2010) y Juan Marsé (2008) habían narrado otras partes de la ciudad, otras épocas. Si le añadimos a Manuel Vázquez Montalbán y Terenci Moix, fallecidos demasiado jóvenes, tendríamos el mapa casi entero de una generación literaria barcelonesa.

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