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LA CONCESIÓN DEL PREMIO CERVANTES A UN ESCRITOR BARCELONÉS

Gracias, Eduardo

Ada Colau

A través de la lectura de 'La ciudad de los prodigios', muchos de nosotros empezamos a descubrir y sentirnos orgullosos de la historia de Barcelona, que es sobre todo la historia de su gente

La fortuna ha querido que 30 años después de la publicación de 'La ciudad de los prodigios', el Premio Cervantes recaiga en el escritor que más ha contribuido a poner la historia de Barcelona en el mapa literario universal. Gracias a la maestría de su pluma, somos muchas las personas que aprendimos que nuestra ciudad, a finales del siglo XIX, era un hervidero de luchas sociales, de humo de fábricas y de proyectos de expansión y reforma urbana progresistas en un inicio, pero pronto capturados por las garras de la especulación inmobiliaria. A lo largo de estos años, la novela de Eduardo Mendoza se ha convertido en una guía de iniciación a Barcelona para autóctonos y foráneos, apta para todas las edades y públicos, ya que como si de una muñeca rusa se tratase, estamos ante a una novela que contiene muchas otras novelas de igual modo que la ciudad de Barcelona contiene dentro de sí muchas otras Barcelonas.

Mi acercamiento a 'La ciudad de los prodigios' fue parecido al de tantas otras adolescentes de finales de los años 80 que devorábamos el libro encerradas en la habitación o apostadas en la mesa de un bar céntrico sorbiendo un café todavía sin adjetivos. El azar quiso que la nominación olímpica se produjese pocos meses después de su lanzamiento editorial, de manera que a todos nos parecía estar viviendo la continuación de la trama, como si Onofre Bouvila hubiera regresado a la ciudad a bordo de su aparato volador para anunciarnos el fin del periodo de decadencia. Barcelona volvía a enderezarse recuperando su entusiasmo a fin de acometer su segunda reinvención bajo el liderazgo del alcalde Pasqual Maragall, la fiebre de las obras volvía a ocupar las calles y los barceloneses nos acercábamos a contemplar cómo se derribaban las murallas invisibles que nos separaban del mar sin necesidad de catalejos.

EL CARÁCTER CALEIDOSCÓPICO Y MESTIZO DE LA CIUDAD

Fue en ese momento, a través de la lectura de Mendoza, en paralelo a la transformación urbana y sus contradicciones, que muchos de nosotros empezamos a descubrir y sentirnos orgullosos de la historia de nuestra ciudad, que es sobre todo la historia de su gente, con su complejidad, sus luces y sus sombras; porque, por suerte, Barcelona nunca ha sido una ciudad única ni previsible.

Mendoza supo recoger en su novela este carácter caleidoscópico y mestizo de una ciudad que es a la vez burguesa y proletaria, intrigante y utópica, tradicional e innovadora. Por ello, es un orgullo para Barcelona que Eduardo Mendoza sea reconocido con el premio Cervantes, el galardón literario más prestigioso en lengua española. Mendoza no es solo un barcelonés universal con una brillante trayectoria literaria, sino seguramente también nuestro autor más cervantino con su uso constante de la ironía, la renovación del género picaresco y el juego entre realidad y ficción. Si el escritor de Alcalá consagró literariamente nuestra ciudad como archivo de cortesía, Mendoza lo ha hecho como ciudad de los prodigios. Los barceloneses le estaremos siempre agradecidos.

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