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Dos miradas

Alguien abría el sobre de color caña y leía el horror. Mientras, los niños sufrían y algunos han seguido haciéndolo toda su vida

«¿Cuánto hace que la persona cometió el pecado?, ¿qué edad tenía(n) su(s) víctima(s)?, ¿a qué grado llegó? Dicha información debe enviarse a la central en el interior de un sobre de color caña». Guillem Sánchez recogía este martes en EL PERIÓDICO algunas de las instrucciones que recibían en las congregaciones de los Testigos de Jehová para actuar ante casos de pederastia. Durante décadas, la consigna fue el silencio. Primero uno espeso, impenetrable. Después, a medida que los susurros de las víctimas se convertían en clamor social, el silencio se tornaba más translúcido, la fina membrana de una burbuja con la que trataban de proteger el honor de la organización. Nada nuevo. Nada que no hayamos visto en otras instituciones religiosas. Nada que no hayamos leído en este diario con otros nombres.

Un sobre de color caña… Quizá para diferenciarlo del correo ordinario. Quizá para depositarlo en una pila especial. ¿Cómo debían llamarla? ¿La pila del pecado? Ya se sabe, los pecados son temas privados entre Dios y los hombres, no de la justicia. Alguien abría el buzón y hallaba el sobre. Alguien lo dejaba en el lugar apropiado. Alguien lo abría y leía el horror. Mientras, los niños sufrían y algunos han seguido haciéndolo toda su vida. ¿Cuántas burbujas más de silencio hay entre nosotros? Solo queda seguir exigiendo la verdad, hasta que todos los sobres de color caña, sean de la organización que sean, se hayan abierto.

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