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Anoeta como punto de inflexión

Sònia Gelmà

Más allá de pedirle intensidad, al equipo también hay que darle herramientas cuando se ve superado por el planteamiento del rival

Es tentador. Hay argumentos de sobra para hacer leña del árbol caído. El equipo ni defiende, ni ataca, ni juega. No funcionan las rotaciones porque el fondo de armario no da la talla. Pero cuando están «los buenos» -el once de gala salvo Iniesta- tampoco mejora. El equipo confía y abusa del talento del tridente y el tridente se fía de la inercia, como si ganar no requiriera esfuerzo. Se puede apuntar en múltiples direcciones: juego, actitud, banquillo. Y en todas acertaríamos porque cada una de ellas tiene su cuota de responsabilidad. La realidad es que el equipo llega al clásico seis puntos por debajo de un Madrid que, aunque efectivo, luce poco. 

MARGEN PARA REACCIONAR

Pero lo tienen en sus manos. Ellos tienen la fórmula. Hay margen para reaccionar y la capacidad de autocrítica intacta -si las palabras de Piqué son compartidas por el resto del vestuario. Y si tienen alguna duda, pueden recurrir a alguien cercano como Carles Puyol, que le pregunten por aquellos dos años, aquella autocomplacencia que les llevó a regalar dos ligas cuando tenían equipo para pasearse. Y, por desgracia, se pasearon. 

Este grupo no es sospechoso, lleva años ganando y no ha dado muestras de haberse cansado, al menos no hasta ahora. De hecho, Iniesta Messi ya vivieron aquella decadencia del equipo de Rijkaard y seguro que aprendieron. Quieren seguir ganando pero el ser humano tiene sus flaquezas. Ese esprint que me ahorro porque tampoco voy a llegar antes que el rival; aquel pase al espacio que hago de memoria porque no siempre puedo estar concentrado; o incluso el ofrecimiento al compañero que no hago porque será mejor que se la dé a Messi y que este resuelva. 

LO HICIERON UNA VEZ

Porque al final, de tanto decirlo, se lo han creído que es sobrehumano, y que él solo gana los partidos. Igual también se han convencido de ello desde el banquillo y es por eso que se han olvidado de que más allá de reclamarles intensidad, que la deben tener, también hay que darles herramientas cuando se ven superados por el planteamiento del rival. Para que encuentren la manera de salir de una presión o para que consigan atacar con fluidez una defensa cerrada.

Lo hicieron una vez. Lo pueden repetir. Curiosamente también en Anoeta. Allí naufragó el primer Barça de Luis Enrique y, a partir de una catarsis que a punto estuvo de llevarse por delante al técnico, creció un nuevo espíritu con los retoques tácticos necesarios. Vuelven a estar en ese punto, falta una reflexión. Si el Barça reacciona empezando por el clásico de este sábado, Luis Enrique se podrá permitir negar como entonces, obstinado, que nunca hubo un punto de inflexión.

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