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Ventana de socorro

Tejanos deshilachados

Ángeles González-Sinde

Nos apasiona comprar y queremos que esas adquisiciones nuevas parezcan viejas sin pasar por el enojoso trámite de vivir

El mundo contemporáneo abunda en fascinantes contradicciones. Por un lado nos apasiona comprar como se demostró el viernes. Por otro, queremos que esas adquisiciones parezcan viejas, tengan historia, pero sin pasar por el enojoso trámite de vivir. Así nació el gusto por los pantalones tejanos que empezaron vendiéndonos desgastados, con falsas zonas blanquecinas que nuestro trasero, nuestras rodillas o nuestros muslos supuestamente habrían generado a lo largo de muchos años de roce, para acabar en lo actual: pantalones hechos jirones, con enormes boquetes en las rodillas y bajos deshilachados.

Aun a riesgo de delatar mi provecta edad, declaro que me deja perpleja esa moda. No solo porque me resulte desconsiderada con quienes realmente no tienen más alternativa que vestir ropa de deshecho, sino por su significado.

Leí que en Suecia hay enormes mercadillos de segunda mano. Que ciudades como Gotheburgo tienen varios a los que los suecos se lanzan con fruición porque les agradan los objetos con historia y a menudo les interesa más su procedencia, que el artículo en sí.

Entiendo perfectamente que alguien compre una antigüedad, que coleccione prendas confeccionadas décadas atrás en un taller de alta costura, una pieza irrepetible, o que vista el traje de novia de la abuela, pero que paguemos a personas en fábricas de países lejanos por destrozar pantalones perfectamente nuevos para que parezca que hemos vivido con ellos, me resulta de una frivolidad apabullante.

FALSEAR LA MEMORIA

Con el tejano roto compramos apariencia, la ficción de una experiencia intensa, la posibilidad de falsear una memoria que no es nuestra. Ni hemos usado previamente esa prenda, ni perteneció a nadie querido, ni hemos adquirido ningún conocimiento vital con ella. Tienen desgarros para que parezca que hemos trabajado, viajado, saltado, corrido, disfrutado o aprendido con ellos, pero sin tener que hacer ningún esfuerzo. Por eso, cuando los veo colgados de las perchas en las tiendas, pienso: "ahí está, el atavío de los estafadores".

Temas: Moda Comercio

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