15 ago 2020

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Una jornada atípica

El amor normal

Jenn Díaz

Las bodas de amor normal deben ser normales: la gente baila, se divierte, llora y ríe. Es lo que queríamos celebrar, que somos conscientes del milagro

Decidimos que nos casaríamos comprando en el supermercado. Pasamos meses y meses imaginando cómo sería celebrarlo en nuestra casa, quiénes serían los invitados, cómo lo organizaríamos todo, quién haría la ceremonia. Y cuando acabamos con nuestras ensoñaciones, empezamos con la burocracia. Finalmente, el 4 de noviembre todas esas mañanas de papeles y de administraciones sirvieron para que nos dieran nuestro libro de familia, firmáramos en el acta y nos pusiéramos los anillos. El día 5 era el día de verdad, sin la foto del Rey ni ninguna bandera, y en el jardín de casa. Tenía que llover pero no llovió, no al menos hasta que se hizo de noche.

Diez minutos antes de la hora prevista, la novia en albornoz recogía todo lo que el viento había tirado al suelo. Y cuando llegaron los invitados todavía andaba vistiéndose y con el ramo de tulipanes goteando: había pasado la noche en agua en un jarrón, en el dormitorio. Queríamos que fuera en casa y que fuera una ceremonia como es nuestro amor: sin complejos, natural, divertida. Solo tenía que respetarnos un poco el tiempo y que los cálculos de espacio no nos fallaran. Lo que yo quería celebrar junto a mi --desde hacía un día escaso-- marido era nuestra historia, toda la pequeña historia que hemos ido construyendo en los últimos años. Celebrarlo por fin, a nuestra manera, aunque conllevara haber pasado el último mes echándole horas a la casa: pintar las paredes del jardín, podar los árboles, barrer las hojas secas del suelo. Comprar, montar, colocar, ordenar. Nuestro amor ha ido un poco de eso, y por tanto la boda debía ser así: normal.

Queríamos una boda normal para nuestro amor normal: él cocina, yo friego los platos, la niña pone la mesa; él prepara los desayunos, yo coloco la ropa, la niña hace su cama. El amor sencillo. Bailamos en la cocina, llegamos tarde al colegio, tenemos sueño los sábados de entreno, tendemos lavadoras cuando sale el sol. Las bodas de amor normal deben ser normales: la gente baila, se divierte, llora y se ríe. Es lo que queríamos celebrar, que somos conscientes del milagro. 

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