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Fue el 25 de noviembre de 1956, cuando el yate Granma comenzó a navegar sigilosamente por las aguas del río Tuxpan, México, con destino a la isla de Cuba. En el viajaban aquellos jóvenes intrépidos barbudos, de pelos largos, que habían de convertirse en protagonistas de una Revolución que modificaría de forma radical el escenario de la política internacional propagando además multitud de movimientos guerrilleros en toda América Latina, dispuestos a imitar los éxitos de los mitificados hermanos Castro, Ernesto “Ché” Guevara o Camilo Cienfuegos. Después de tantas muertes anunciadas, y deseadas por sus enemigos durante tantos años, ésta vez sí, Fidel Castro deja la vida para seguir, una vez muerto, aumentando la leyenda.

Sesenta años después de aquella primera hazaña del Granma desaparece una figura que no admite matices; que genera interpretaciones enfrentadas. No hay una única personalidad en la densa, controvertida y dilatada biografía de Fidel Castro. Se trata de un protagonista poliédrico de la historia, que ha sobrevivido a once presidentes norteamericanos, levantado pasiones desmesuradas y desatado los odios más viscerales. No parece que su muerte vaya a suponer a corto plazo un cambio de actitud de sus incondicionales y detractores. Pero cuanto más se profundiza en los detalles de la historia de Cuba antes de Fidel Castro mejor se pueden llegar a entender los rasgos de un líder de una inteligencia indiscutible, la astucia de un felino y con una enorme capacidad para el diseño de estrategias de supervivencia.

Hasta llegar a la Revolución de 1959 el destino de Cuba parecía oscilar entre malos y pésimos gobiernos representantes de los intereses imperialistas de la Casa Blanca y el Departamento de Estado.  Desde 1902, tras la liberación de la tutela colonial española cuatro años antes, se instauró una alternancia de gobiernos conservadores, autoritarios y liberales que se sucedían unos a otros con propuestas para reparar las tropelías del otro, siempre con el discurso de una supuesta regeneración que acababa por demostrarse  falsa; hasta desembocar en periodos de sangrientas y corruptas dictaduras como la del general Machado en 1928 o la del ex sargento Fulgencio Batista, en dos ocasiones, la última a partir del golpe militar reaccionario de marzo de 1952 y hasta el triunfo revolucionario de Fidel el 1 de enero de 1959.

La dura derrota sufrida por Fidel Castro y sus entonces jóvenes revolucionarios en el asalto a los cuarteles de Moncada, en Santiago de Cuba y Carlos Manuel Céspedes en Bayamo, el 26 de julio de 1953, generó una ola de toma de conciencia general que haría posible su triunfo rotundo sólo seis años después. La brillante autodefensa del abogado Fidel ante el tribunal que juzgó su  rebelión, con su célebre alegato La historia me absolverá, le transformó de acusado en acusador del régimen de terror y corrupción de Batista. La intensificación de la represión, el asesinato de  decenas de jóvenes y la conformación de un bloque unitario revolucionario agrupado precisamente en torno al Movimiento 26 de Julio, eran preludio del asalto final a las frustraciones centenarias nacionalistas y libertadoras descritas por el poeta y pensador José Martí, “el apóstol”, en la segunda mitad del siglo XIX.

Pero lo que Martí no podía imaginar es que cuando la soberanía de Cuba fuera al fin de los cubanos la exasperante burocracia, la escasez de alimentos, el racionamiento, la falta de luz eléctrica, el partido único, el abandono arquitectónico, la degradación de las condiciones de vida formarían parte de la realidad cotidiana de los habitantes de la isla. Mirar hacia otro lado es una hipocresía, al igual que no reconocer los logros en la erradicación del analfabetismo, en educación, cultura, salud, investigación médica o, en la reducción significativa de la mortalidad infantil.

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Hubo un tiempo en que se justificaban los excesos de Castro con el argumento del horrible y absurdo bloqueo al que ha sido sometido por todas las administraciones norteamericanas, republicanas y demócratas. En algunos momentos de estos más de 55 años muchos intelectuales de izquierda prefirieron guardar silencio antes que reconocer la conversión autoritaria de una Revolución en la que jamás han tenido cabida las disensiones, incluidas aquellas que provenían de camaradas que acompañaron a Castro en Sierra Maestra.

La historia, como el propio Fidel predijo, le pudo absolver durante años por la lucha contra la dictadura de Batista y las esperanzas que generó en América latina y el mundo entero. Pero las páginas de la otra historia que Fidel ha ido escribiendo día tras día durante estas largas décadas, las del ejercicio del poder absoluto desde un régimen autocrático sin libertades, con corrupción institucionalizada y violaciones a los derechos humanos, no le van a poder librar también de una sentencia severa y condenatoria. La historia no le va a poder absolver.