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Al contrataque

De todos los roles que podemos interpretar las mujeres, el de viuda de un gran hombre es uno de los más desagradecidos

En el mismo día se muere Rita Barberá y aparece un artículo de la viuda de Roberto Bolaño justificándose, entre otras cosas, por haber cambiado al autor de la editorial que lo hizo grande a otra que supuestamente le ofrecía más dinero y mejor distribución en América Latina.

Se calla para siempre una mujer que no callaba nunca y habla otra que hasta ayer mismo estuvo callada. La una hizo una gran carrera política, la otra se ha adjudicado el papel de viuda de (hay papeles que no se pueden elegir: madre, hijo, huérfano, uno lo es a su pesar a veces, quiera o no quiera; hay otros que se eligen y que, si uno quiere, se pueden dejar vacantes).

De todos los roles que podemos interpretar las mujeres, el de viuda de un gran hombre es uno de los más desagradecidos. Solo hay dos opciones: o te conviertes en una viuda alegre, te ligas a alguien tan decrépito (o no) como tú y te dedicas a alternar el casino y el whisky con el cuidado de tus nietos (o hijos, ahora los grandes hombres suelen casarse con mujeres jóvenes, así se ahorran la enfermera y/o secretaria), o te conviertes en la guardiana de la obra de tu difunto marido. Para lo primero hace falta un cierto talante, vital y algo despreocupado. Para lo segundo hay que tener algo del ama de llaves de Rebecca.

Yo, claro, prefiero el papel de la viuda alegre, que en estos tiempos tan aburridos y políticamente correctos está menos de moda. Menos mal que tenemos a la maravillosa y sabia Isabel Preysler, gran ejemplo de viuda alegre, mucho más preocupada por el amor (que en realidad es lo único que importa) que por sus muertos o por sus exmaridos. Del viudo (o la viuda) de Rita Barberá, de momento no sabemos nada.

La supervivencia de un autor

El problema es que no es cierto que se pueda cuidar o salvaguardar la obra de alguien. Puedes encargarte de que esté bien publicada, lo cual hoy en día es bastante sencillo, hay grandes editoriales y editores. Puedes intentar que se siga hablando del autor y que sus libros estén en las librerías, aunque eso depende muchísimo de las modas (que desgraciadamente ya no solo afectan a la ropa que nos ponemos, sino también a los libros, a la ideología, a la política). Puedes recuperar textos que el autor tenía en el cajón y que probablemente hubiese preferido no publicar. Puedes montar fundaciones y premios con su nombre. Pero la supervivencia de un autor, la inmortalidad, no se la puede garantizar nadie, ni todas las viudas del mundo unidas. Lo único que le importa a un escritor es que sus libros se sigan leyendo dentro de doscientos años, para eso (tan absurdo, tan improbable) los escribimos. Aunque yo, personalmente, me conformaría con que mi viudo se pareciese a Isabel Preysler.

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