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Dos miradas

Un fotograma del anuncio de la lotería de Navidad de este año.

Buenas intenciones

Josep Maria Fonalleras

El mundo de los anuncios de Navidad es la tormenta perfecta del consumo

Un anuncio tiene la misión de llamar la atención y de convocar una gran cantidad de usuarios (cuantos más mejor) para que el objeto que se anuncia sea, primero, codiciado, y después, deseado intensamente. Hay, sin embargo, un mundo aparte, que es el de los anuncios de Navidad. En la tormenta perfecta del consumo -que ya empieza a fraguarse esta semana con la persistencia del viernes negro- hay espacio para eso que llamamos los sentimientos. Son anuncios que promocionan algo (un billete de lotería, una jornada solidaria) a través de historias que se relacionan con el altruismo y la empatía, con la más pura satisfacción de los deseos más bondadosos. A veces, sin embargo, las buenas intenciones fracasan cuando se convierten en relatos.

Por ejemplo, el anuncio de la lotería. Una mujer despistada cree que tiene el décimo premiado, pero resulta que se equivoca. Lo más racional -la mujer no tiene alzhéimer, en apariencia- es hacerle ver la equivocación enseguida, y aquí se acaba el lío. Pero no. Una extraña confabulación de azúcar y conmiseración crea un problema inexistente, con una solución estrambótica y, de hecho, tristísima. U otro, el de La Marató de TV-3. Un niño sano intenta descubrir cómo es la vida cotidiana de alguien que ha sufrido un ictus (su madre), a base de simular que no puede mover una mano. ¿Era necesario? Lo mejor del anuncio es la estupefacción de sus compañeros, que tienen cara de pensar: «¿Qué tiene ahora, este, con esta pantomima?».

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