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Ventana de socorro

Incapaces de controlar nuestra adicción consumista, habrá que reciclar

Outlet, open days, Black Friday. Empieza la semana del consumismo desaforado. La terminología indica la procedencia y los españoles velozmente la hemos hecho propia. Durante siglos fuimos un país de pobres. Ahora tampoco podemos decir que hayamos desterrado la miseria. Ayer este diario daba las cifras de la pobreza infantil. Los informes de Cáritas y otras organizaciones corroboran lo que más tememos: los necesitados habitan entre nosotros, cualquier día, por un giro inesperado del azar, podríamos ser nosotros mismos.

Pero mientras ese día llega, nos entregamos al mundo físico. Nos gustan los objetos. Estamos muy apegados a ellos. Nos gusta estrenar coche, manosear el 'smartphone' con sus monerías, queremos la tele grande, los muebles de usar y tirar. Nos chifla la sociedad de consumo y no queremos cambiarla. A eso se llama ser conservador. Sin embargo, no queremos conservar nada, porque nada vale la pena ser conservado. En dos años el telefonito más puntero se queda obsoleto. La ropa, otro tanto. Es barata para que cada semana renovemos el armario. En el 2014 se fabricaron más de 100.000 millones de prendas, 14 por habitante del planeta. Tres quintas partes van a los vertederos, causando problemas de contaminación.

Hasta los años 90 no comprábamos así, pero entonces llegó la globalización: lo que se fabricaba en un extremo se vendía en el otro a muy poco coste. Mi tío Luis era dependiente de Almacenes Simeón, con su sueldo mantenía a su familia. Habría que preguntar a las jóvenes y a menudo malhumoradas dependientas de tiendas de moda si les llega para cubrir el transporte y su almuerzo.

Nuestros hijos no conocen otro modo de vida. «Vamos al centro comercial», dicen, como quien va al parque. Algunos pergeñan soluciones. Es lo que se llama la economía circular. Incapaces de controlar nuestra adicción consumista, habrá que reciclar. Una semana me pongo una blusa, la semana próxima la recompro en forma de colador. El exceso de consumo nos matará, pero mientras la máquina chufle, todos callados.

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