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El segundo sexo

LEONARD BEARD

Bulimia, presente e invisible

Najat El Hachmi

En las personas bulímicas hay tristeza, soledad y la sensación de no controlar su propia vida

Me llamó alarmada y me dijo: no puedo dejar de vomitar, no puedo parar. Estaba en el trabajo y quería hablar con alguien para cortar el impulso irrefrenable de provocarse el vómito, por eso se agarraba al móvil desde el baño en el que se había metido. Sus palabras sonaban a grito desesperado emitido desde las profundidades de un pozo en el que ni ella misma sabía cómo había caído. Éramos muy jóvenes entonces. Mi amiga vivía en conflicto con su propio cuerpo no porque quisiera estar delgada, sino porque desde que había hecho el cambio de forma precoz y había adquirido unas formas rotundamente femeninas, tenía que aguantar el acoso de los chicos y hombres del barrio que se creían con derecho a dar su opinión, algunos de forma más grosera que otros, sobre las carnes de la que hasta no hacía mucho era solamente una niña. Su madre le había aconsejado que fuera más pudorosa en sus vestimentas, pero ella era una chica cualquiera que quería ir a la moda, con tejanos ajustados y 'tops' por encima del ombligo.

Tenía la suerte de que el padre no veía nada malo en la forma de vestir de su hija, pero al hermano mayor le parecía que era ella la que se buscaba las palabras obscenas que le arrojaban por la calle, las persecuciones y el acoso cotidianos. Por eso se oían a menudo las discusiones entre ambos. Mi amiga no quería dar el brazo a torcer, defendía por encima de todo su derecho a ser lo que quisiera, a ir como quisiera y no tardó en marcharse, de casa de sus padres y del barrio. Pero yo siempre recuerdo esa llamada de desesperación, síntoma de que el cuerpo tan deseado finalmente se le había girado en contra.

EL VÓMITO

Durante muchos años creía que el trastorno alimentario de la bulimia era simplemente eso, vomitar para evitar que la comida ingerida se injerte en las carnes, usando la imagen que utiliza Delphine de Vigan en su 'Días sin hambre' cuando habla del proceso de recuperación de la anorexia. De hecho, creo que la idea general que tenemos todos en la cabeza sobre la enfermedad mencionada es precisamente esta: es bulímico el que vomita, nada más.

Hablando hace un tiempo con un psiquiatra especializado en la materia me explicó que el vómito es solo uno de los síntomas que puede darse o no en los enfermos. La característica principal de la bulimia es la ingesta desproporcionada y compulsiva de comida, algo que se vive a menudo como una agresión contra la propia persona. No hay placer en la forma de comer de la bulímica, hay violencia, tristeza, soledad y la sensación de que la vida no está en las propias manos. Lo que hay es querer apaciguar el ruido interno del malestar. Por eso no es extraño que lo que se coma en estos ataques sean cosas desagradables como alimentos crudos o congelados. Si la anorexia es una enfermedad que se define por la capacidad de las afectadas de controlar las necesidades básicas, la bulimia es sin duda el trastorno del descontrol. Quienes la padecen relatan esta sensación de no tener dominio sobre el propio comportamiento, sobre lo que se está haciendo, sabiendo, claro, que la conducta resulta especialmente perjudicial.

SENTIMIENTO DE CULPA

Una vez que ha pasado el ataque de ingesta compulsiva, queda un enorme sentimiento de culpa que lleva a periodos de restricción severa o a extenuantes sesiones de ejercicio físico. Pero no es extraño que la restricción dispare de nuevo los atracones, de modo que se acaba entrando  en una rueda sin que haya quien la pare. En este sentido hay casos de personas sanas que llegan a ser bulímicas después de seguir una dieta de adelgazamiento estricta.

Los entendidos en la materia dicen que la bulimia puede que sea uno de los trastornos alimentarios más complejos. Como todos los demás, tiene mucho que ver con problemas afectivos, conflictos con uno mismo o con el entorno. También, por supuesto, con la propia sexualidad. La dificultad añadida de la bulimia es que es una enfermedad invisible, que se puede sufrir durante años sin que nadie se dé cuenta. Socialmente no se conoce y provoca más rechazo que compasión.

Por mucho que públicamente se alerte de los peligros de la anorexia y se señalen aquellos elementos que pueden fomentarla, en el fondo nuestra sociedad es más tolerante con las actitudes de autocontrol, aunque este sea excesivo, que no con quienes no son capaces de evitar atiborrarse de forma desordenada. La anorexia aparece escandalosa ante nuestros ojos cuando está en una fase avanzada, pero la bulimia difícilmente hará que la pérdida de peso sea notoria. Cosa que no quiere decir que no conlleve secuelas físicas y mentales a corto y largo plazo. La más intangible de todas, un gran sufrimiento vivido en soledad. En cambio, los expertos dicen que puede ser la enfermedad de este tipo con más presencia, que más gente padece y que está infradiagnosticada. Es el pozo de mi amiga desde el que se tiene que hacer un esfuerzo enorme para sacar la voz y pedir ayuda.

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