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El Bataclan, en vísperas de su reapertura.

AFP / MIGUEL MEDINA

Un año después, la misma ignorancia

Ramón Lobo

Ha pasado un año de París. Después sufrimos Bruselas, Beirut, Niza, Bagdad, Ankara, Estambul, Quetta, Lahore, Kabul… Un largo etcétera en el que no nos estremecemos igual si los muertos son de aquí o de allá. No es solo la conmoción por proximidad, algo lógico, también hay un tufo ego-primermundista y de doble moral.

Entre 1970 y 2015 se han producido más de 150.000 ataques terroristas en el mundo, según Global Terrorism Database (GTD): 75.000 con bomba, 17.000 asesinatos y 9.000 secuestros. El 87% de los atentados islamistas entre 2000 y 2014 se produjeron en países de mayoría musulmana, según GTD.

Es posible que tras los ataques de París, Bruselas y Niza la estadística haya bajado y se sitúe ligeramente por encima del 80%. Aún así seguiría siendo un hecho que las principales víctimas del yihadismo militante son musulmanes. Incluso en un atentado tan francés como el de Niza, ocurrido en la fiesta nacional del 14 de julio, 30 de los 84 muertos profesaban esta religión.

Ha pasado un año y seguimos sin entender demasiado el problema de fondo. La comisión parlamentaria francesa que analizó lo ocurrido en París dedicó ocho meses de trabajo y 200 horas de audiencias, elaboró un informe de 300 páginas con 40 propuestas. La más importante, la unificación de los servicios secretos. También indicaba que el estado de emergencia, al que parecen adictos la pareja gobernante Hollande-Valls, no sirve de nada. Pero el estado de emergencia sigue vigente.

MIEDO Y RECORTE DE LIBERTADES

En Bélgica mal conviven cuatro policías: dos nacionales y dos locales divididas entre valones y flamencos. Son cuatro cuerpos que rara vez se pasaban información. En la UE existen 27 países si descontamos a los británicos. Se podría hablar de un mínimo de 54 cuerpos de policía y un número de servicios de espionaje (no de inteligencia) que tampoco deben intercambiar todos los datos y conocimientos.

Los atentados en suelo europeo han modificado algunas cosas pero no lo esencial. No se han adoptado soluciones estructurales de calado. Todo son parches, como la misma política europea. Seguimos siendo vulnerables a un atentado. No solo es una cuestión de medios, sino de voluntad política. Esa falta de voluntad se expresa en la agitación del miedo y en el recorte (definitivo) de libertades.

Uno de los cambios más visibles que se van a producir en 2017 con Donald Trump en la Casa Blanca es que EEUU y Rusia coordinarán su política militar para acabar con las guerrillas que operan en Siria y asegurar el poder de Basar el Asad. No solo será una guerra contra el ISIS, también contra el antiguo Frente de Al Nusra, que estaba vinculado a Al Qaeda, y el Ejército del Islam, salafistas al servicio de Arabia Saudí.

COMBATIENTES A EUROPA

Un cambio de esta magnitud en los equilibrios devolverá a Europa a gran parte de los miles de combatientes con pasaporte europeo que viajaron al califato. El líder del ISIS, Abu Bakr al Baghdadi, pidió a los aspirantes a ser combatiente extranjero que permanezcan en sus países como células durmientes dispuestos a atentar. Si cayera Mosul, en Irak, el ISIS perdería su ciudad emblemática. El territorio es su diferencia esencial con Al Qaeda. Sin califato, el ISIS podría mutar y regresar al terrorismo de masas, como el que impulsaba Abu Musab al Zarqaui tras la invasión de Irak. Este ya es un hecho en Irak. ¿Estamos mejor preparados que en noviembre de 2015? La respuesta no es tranquilizadora. La sobrerreacción política y de medios ha empujado a la acción a locos e imitadores. Todo es ISIS. La propaganda se hacemos nosotros.

Existe una tendencia entre políticos, periodistas y politólogos de nadar en la superficie. Nos conformarnos con lo visible y evidente. Falta bucear en lo complejo. Decimos que Trump no tiene capacidad de comprender problemas complejos, y es posible que sea así, pero ¿qué líder europeo la tiene?

Pasó París, queda la memoria. Sting cantará en la reapertura de Bataclan y todo parecerá como antes. Pero las causas del yihadismo radical siguen vivas y entre nosotros: racismo, exclusión social, guetos y la prédica de miles de imanes formados en dictaduras religiosas que no comprenden el valor de la tolerancia.

La crisis ha empobrecido a las clases medias y populares en Europa y EEUU. Mientras que los europeos blancos ven en el populismo de extrema derecha una salida casi emocional a su marginación, los guetos de inmigrantes ven en el ISIS un relato heroico que da sentido a sus vidas. Ambas reacciones extremas se combaten con lo contrario del estado de emergencia: con más Estado del bienestar, más ­políticas sociales y más coordinación policial. No es la presencia masiva policial en las calles lo que da seguridad, sino saber distinguir entre ciudadanos honestos y delincuentes.

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