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Donald Trump vota en la jornada electoral.

Donald Trump vota en la jornada electoral. / CARLO ALLEGRI (REUTERS)

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La victoria de Donald Trump es un cúmulo de muchas derrotas. Primero, la de Hillary Clinton, una candidata tan imperfecta que no ha logrado imponerse a un candidato plagado de escándalos de índole sexual, con escaso dominio de los temas, racista, misógino y populista. Es la derrota también del partido Republicano, primer responsable de haber elevado a la categoría de candidato al magnate, hijo de la deriva irracional en la que el GOP lleva instalado desde hace años y que durante la presidencia de Barack Obama ha alcanzado cotas nunca vistas de irresponsabilidad con el Tea Party.

Es  la derrota de Washington, un ente de políticos y lobis, alejados de la vida real, una burbuja de indiferencia ante el progresivo deterioro de la clase media estadounidense incapaz de ofrecer soluciones a amplias capas de la población. Es un fracaso del periodismo, incapaz de llamar a las cosas por su nombre bajo la excusa de la imparcialidad. Es la derrota de Obama y del partido Demócrata, más preocupados por sus cálculos electorales que en plantar cara sin complejos en el campo ideológico a la deriva irracional conservadora. Es la derrota de Wall Street, de los colectivos que no han acudido a votar en bloque a pesar de estar señalados por Trump y de la eterna división de los progresistas. Es, en definitiva, la derrota de la política y del mejor Estados Unidos. Al final, esto no fue de que cualquiera, incluso Clinton, antes que Trump, sino cualquiera, incluso Trump, antes que Clinton.