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Al contrataque

Descubrí al grupo Manel hace unos siete años, en el espectáculo navideño del colegio de mi hijo. Las funciones escolares suelen ser una auténtica montaña rusa emocional. Uno pasa del éxtasis absoluto cuando su hijo y sus amiguitos aparecen en el escenario, al sopor máximo cuando actúan los otros cursos, al despiporre total cuando salen los padres más osados a marcarse un bailecito.

Así que estaba yo dormitando en mi butaca y pensando en que tal vez hubiésemos debido traer una petaca, mientras unos niños disfrazados de champiñón daban vueltas por el escenario, cuando de repente sonó 'Captatio benevolentiae'. Me desperté de golpe. Era la primera vez que escuchaba aquella canción y aquella voz. Por un lado, me recordaba a muchísimas cosas y por otro, era algo absolutamente novedoso. Me abalancé sobre una de las profesoras que justo en ese momento estaba riñendo a un niño que se había sentado inadvertidamente sobre el sombrero de fresón de su compañera y le pregunté qué era aquella música, de dónde había salido. Se trataba de un grupo nuevo, se llamaban Manel.

Han pasado unos cuantos años. Les he visto en Barcelona, en un Teatre Grec abarrotado, una noche de verano gloriosa en la que mi novio de aquella época consiguió colarnos gracias a su amistad con una de las chicas que controlaban el acceso. Les he visto en un noche invernal, casi navideña, en Vic, en la que un señor de la platea se desmayó, e interrumpieron el espectáculo y encendieron las luces y luego, cuando el señor se encontró mejor, lo retomaron. Les he visto en Cadaqués, al aire libre, justo al lado del muelle donde teníamos la barca, con mi amiga Carolina bailando como una loca a pesar de estar a una semana de dar a luz.

CUATRO CHICOS NORMALES

Y les vi hace un par de semanas con mis hijos en un concierto extraordinario en el teatro Tívoli. El concierto empieza con cuatro tíos más o menos normales tocando y cantando, sin hacer aspavientos, sin ir de nada, y entonces, sin saber muy bien cómo, muy lentamente, como cuando el amor es interesante y largo, te van arrastrando a su terreno, te despiertan, te dominan, te ponen en pie, te hacen sonreír. Cuatro chicos más o menos normales se convierten en magos. No se trata únicamente de talento, hay amor propio y amor al trabajo. Me parecía que tocaban tanto para ellos como para nosotros, y que más que el triunfo, lo que deseaban era hacerlo bien.

Tal vez los grandes gestos, las poses lamentables, los egos infinitos, la arrogancia injustificable ya no está encima de los escenarios, si no en la política, en la literatura, en el periodismo. Ver a Manel no es solo una lección de talento, sino de humildad. La diferencia entre tomarse en serio a uno mismo y tomarse en serio su trabajo.

Temas: Manel

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