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LA CLAVE

Halloween versus la castañada

Albert Sáez

Empieza a ser una polémica muerta. Halloween se impone a marchas forzadas como la manera posmoderna de honrar a los difuntos. Hay que reconocer que los Estados Unidos han sido más hábiles en salvar su cultura popular que la mayoría de naciones europeas. ¿Cuál es la razón de ese éxito? La teoría conspirativa dirá que es simplemente una consecuencia del imperialismo político, económico y cultural. Sí, pero no. Estados Unidos podría ser un imperio sin necesidad de encumbrar a su cultura popular. Hay varios motivos de este fenómeno. El primero es ensamblar la cultura opular con la cultura de masas. Hollywood ha sido el gran impulsor de este proceso. De manera que a través del cine, la cultura popular norteamericana aspira a ser la cultura popular global. El secreto ha sido pues convetir el patrimonio cultural en un negocio en lugar de encerrarlo en una reserva indígena alejada de la cultura del siglo XX. Airear resulta más efectivo que hibernar. Conviene tomar nota.

La segunda razón del éxito de esta operación norteamericana es la falta de autocrítica. Mientras los europeos somos capaces de buscar los tres pies al gato en cualquiera de nuestra tradiciones, los norteamericanos no se están con contemplaciones. Ciertamente tienen una historia más reciente y un pasado menos negro, pero tan cierto como eso es que manejan la mitad de escrúpulos y saben distinguir perfectamente entre las tradiciones renovadas y sus orígenes, destestables en la mayoría de los casos.  

De manera que vemos como año tras año, la castañada pierde adeptos en favor de Halloween. En los entornos más posmodernos -parques temáticos o centros comerciales- ya reina desde hace años pero también ha ganado terreno en las escuelas y en las salas de fiestas. Todo indica que el fiestorro de Halloween, una especie de carnaval adelantado, liga más con las formas de ocio moderno que el vino dulce y los 'panellets'. Resulta curioso lo fácil que nos adaptamos en nuestras diversiones al mercado global y lo reomolones que nos ponemos cuando afecta al comercio o a los servicios. De hecho el CETA y el TTIP no son mucho más norteamericanos que Halloween. 

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