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A los jóvenes de hoy se los etiqueta como egocéntricos y narcisistas. Quizás lo sean, pero esa retirada hacia lo particular se pude entender como una respuesta a las dificultades a las que se enfrentan.

El mundo actual es difícil de entender y manejar; en consecuencia, los jóvenes  viven en una creciente incertidumbre en su transición a la edad adulta: ¿Qué decisiones he de tomar? ¿Serán acertadas? Si encuentro un trabajo y lo acepto ¿no acabará afectando a mi formación?

En la respuesta que les hemos dado, ha habido presión para que adquieran la mayor  y mejor educación posible acelerando las decisiones sobre las trayectorias educativas (desde la infancia) e incrementando ad-infinitum la oferta extraescolar. Con todo ello, el paso de la  infancia a la primera juventud se acorta, pero al mismo tiempo, se retrasa el inicio de la edad adulta, marcada por la incorporación al trabajo remunerado.

Pero ¿hasta dónde es lógico retrasar esa incorporación? En el contexto  actual, las entradas prematuras al mercado laboral y el acceso temprano a la edad adulta se castigan con una situación económica pobre y de bajo status. Porque, aunque es verdad que el nivel educativo de los jóvenes ha aumentado, también han crecido las exigencias de cualificación para ocupar un puesto de trabajo.  Ello supone una clara ventaja para los jóvenes de las clases medias y altas, que pueden alargar su juventud invirtiendo en su formación reglada, pero también en la extraescolar (conocimiento de varios idiomas por ejemplo).

Para muchos jóvenes  alargar la educación no es un deseo sino el reflejo de falta de oportunidades laborales

Concluida su educación, salvo los muy privilegiados que han podido acceder a universidades privadas de elite, raramente encuentran trabajos que se correspondan a sus cualificaciones y, usualmente, se les paga muy poco. Así pues, alargar su educación no es un deseo sino el reflejo de la falta de oportunidades laborales.

Los jóvenes de hoy, cuando hacen sus elecciones de vida, se exponen a situaciones contradictorias que, en general, solventan adoptando  estrategias de reducción de riesgos, las que les marcan la familia, la escuela, los medios de información y la cultura dominante. Por eso, la mayoría  acepta  las instituciones de enseñanza sin que eso les evite sentirse alineados de las mismas.  

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En este punto, los muy adultos que marcamos las normas, deberíamos reflexionar. Los jóvenes en su tránsito a la edad  adulta son  expertos en gestionar  y vivir en la incertidumbre. Los muy adultos no lo somos y, por lo tanto, las estrategias que les ofrecemos pueden ser inoperantes.  Sus experiencias subjetivas, procesos de aprendizaje y sus demandas de participación en la sociedad deberían reconocerse, sobre todo cuando se desvían de las normas y visiones de la edad adulta.

El problema a resolver es cómo articulamos sus experiencias y propuestas en las estructuras de decisión política. ¿Podemos?

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