31 may 2020

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EL AMFITEATRO

Una de romanos y otra de israelitas y filisteos

Rosa Massagué

La Ópera de París inaugura la temporada incorporando a su repertorio la ópera barroca 'Eliogabalo, de Francesco Cavalli

Aleksandrs Antonenko y Anita Rachvelishvili dan vida a Sansón y Dalila en la obra de Camille Saint-Saëns

Heliogábalo fue un emperador romano de vida tan breve como intensa. Procedente de Siria, llegó a Roma en el 218, cuando tenía 14 años y reinó hasta el 222 en que fue asesinado por la guardia pretoriana. Sus cuatro años como emperador alimentaron una leyenda negra hecha de desmanes, excentricidad, sexualidad y violencia comparables a las de Nerón o Calígula. Pertenecía a una dinastía de reyes-sacerdotes que oficiaban un culto solar.

Esta figura inquietante había despertado la curiosidad de artistas tan dispares como el pintor victoriano Lawrence Alma-Tadema que pintó el cuadro académico 'Las rosas de Heliogábalo' con los relamidos tonos pastel de su paleta habitual, o Antonin Artaud, el poeta y dramaturgo que exploró el teatro de la crueldad y que dedicó un ensayo al emperador, 'Héliogabale ou l'anarchiste couronné' (1934), en quien veía a un revolucionario.

Pero antes, en la Venecia del siglo XVII, el compositor Francesco Cavalli le había dedicado una ópera, 'Eliogabalo', la última partitura conocida del prolífico compositor y que no fue estrenada hasta ¡1999! en Crema (Lombardía), la ciudad natal del músico. Ahora la Ópera de París se ha sumado a la recuperación de las obras de aquel autor que dominó el paisaje operístico hace cuatro siglos siendo la primera obra de Cavalli que entra en el repertorio parisino. Y además, lo ha hecho con todos los honores, pues ha sido la obra que ha inaugurado la presente temporada, naturalmente, con una producción propia.

Un cierto misterio rodea a esta ópera. Se desconoce el autor del libreto. Se sabe que Cavalli cobró el encargo, que se ensayó (1668), pero que a última hora fue retirada y nunca representada tal como la había concebido Cavalli. ¿Los motivos? Tampoco están claros. No parece que fuera por cuestiones morales en una república como la veneciana en la que Iglesia y Estado estaban completamente separados y en la que las costumbres tiraban a muy relajadas. Más bien podría tratarse de un cambio de gusto en el público. Aquí hay tema para investigadores.

Cavalli cuenta los intentos del jovencísimo emperador, que acaba de raptar a la dama romana Eritea, por conquistar a la joven Gemmira, enamorada de su lugarteniente Alessandro, y cómo los intentos fracasan gracias a la incompetencia de los servidores imperiales, Zotica y Lenia, y a la astucia de la propia Gemmira, de su hermano Giuliano, y de la enamorada no correspondida de este, Atilia. Uno de los ardides del emperador para hacer suya a Gemmira es la de cambiar el senado existente por uno solo de mujeres. 

Esta trama está tejida con mucho enredo y equívoco para acabar con la muerte de Eliogabalo y sus servidores, y el triunfo del amor personificado en las parejas de Alessandro que es el nuevo emperador y Gemmira, y la de Giuliano y Eritea.

UNA ORQUESTA AUMENTADA // El responsable de este 'Eliogabalo' es el director argentino Leonardo García Alarcón, experto en música barroca, que había resucitado otra ópera de Cavalli, 'Elena', en el Festival de Aix en Provence, en el 2013. Sin la existencia de un hilo directo interpretativo desde el momento de su creación que fije los códigos de lectura, las posibilidades de presentar hoy partituras como las de Cavalli pueden ser muy variadas.

En esta ocasión, considerando que la obra se representaba en la Palais Garnier, García Alarcón ha adaptado la orquesta a la sala. Los seis músicos que seguramente la hubieran interpretado en Venecia considerando que allí la ópera era un negocio y había que rentabilizar los gastos, los ha multiplicado casi por seis con su formación Cappella Mediterranea. El director justifica este aumento de músicos diciendo que cuando Cavalli fue llamado a la corte francesa para celebrar el matrimonio de Luis XIV y como allí no se reparaba en gastos compuso su 'Ercole amante' para 40 instrumentistas. 

El resultado es un sonido bello y compacto. Es lo que aguanta una puesta en escena que no acaba de despegar. Escenificar hoy una ópera barroca no es nada fácil. En este caso Thomas Jolly, un nombre bien conocido de la escena francesa, se estrenaba en la ópera y solo en algunos momentos, sobre todo al final del segundo acto, traducía satisfactoriamente las posibilidades de la dramaturgia y la escenografia barrocas.

Había dos espacios, uno interior y central, negro, con numerosos escalones que tanto eran palacio como arena o senado, y alrededor, uno exterior delimitado por los focos que son habituales en los conciertos de rock. Si el director musical había aumentado la orquesta, Corinne Meynel, responsable de la dramaturgia, alteró el orden de las escenas del primer acto para hacer comprensible el entramado de personajes. Sin embargo el resultado es un acto de una hora y cuarto, pero que se hacía larguísimo. Por fortuna, los otros dos actos tienen una mayor fluidez tanto musical como dramática.

El contratenor argentino Franco Fagioli, con su hermoso timbre de mezzosoprano, construyó un protagonista lleno de matices vocales, lo mismo que el tenor Paul Groves en el papel de Alessandro. Completaban el reparto la soprano Nadine Sierra como Gemmira, Elin Rombo (Eritea), Matthew Newlin (Zotico), y varios cantantes que ya habían colaborado con García Alarcón en 'Elena', como el contratenor Valer Sabadus (Giuliano) cuya voz quedaba ensombrecida por la de Fagioli, el tenor Emiliano González Toro (Lenia), la soprano Mariana Flores (Atilia) y el bajo Scott Conner (Nerbulone y Tiferne). El coro era el de Cámara de Namur.

Resumiendo, es muy de agradecer que la Ópera de París incorpore a su repertorio esta obra poco conocida de Cavalli, aunque un retoque a la extensión de la partitura y una puesta en escena más teatral le rendirían un gran favor a la ópera barroca veneciana.

EN DESHABILLÉ Y CAMISETA IMPERIO // Si en el Palais Garnier, reinaban los romanos, en la Bastille lo hacen israelitas y filisteos. En esta otra sede la Ópera de París ha abierto la temporada una ópera de lo más francesa, 'Samson et Dalila', en la que Camille Saint-Saëns y el libretista Ferdinand Lemaire recogían la historia bíblica que transcurre en Gaza de la seductora filistea que le roba la fuerza al líder israelita para derrotar así al pueblo elegido, pero en su última imprecación al cielo Sansón derriba las columnas del templo a las que está encadenado sepultando consigo a los filisteos entre los que está Dalila.

Dos grandes nombres del actual firmamento operístico protagonizan la ópera, el tenor Aleksandrs Antonenko y la mezzosoprano Anita Rachvelishvili, pero el gran triunfador es el director Philippe Jordan y la orquesta de la Ópera de París. La puesta en escena actualizada al presente es de Damiano Micchieletto (en el Liceo la pasada temporada firmaba 'Lucia di Lamermoor'), que se permite algunas licencias. Dalila, sometida como amante al prepotente gran sacerdote, transforma su deseo de venganza sobre Samson en compasión. Ella no el corte el cabello sino que es él quien le entrega su coleta. Y al final, la puesta en escena nos ahorra la escena final siempre kitsch de la caída de las columnas de porexpan. En este caso es un fuego purificador prendido por Dalila lo que acaba con Samson y los filisteos.

Pese a una cama 'king size' y a un deshabillé que luce Dalila, la escenografía resta efecto a la gran escena de la seducción en el segundo acto. Queda la corpórea y aterciopelada voz de Rachvelishvili en la célebre aria 'Mon coeur s'ouvre à ta voix', pero un Antonenko poco expresivo en camiseta imperio generaba un poco de anticlímax en uno de los momentos más esperados de la obra.   

'Eliogábalo', vista el 15 de octubre, y 'Samson et Dalila', el 16.  

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