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Lo de la estatua del dictador pasó de ser una exposición a una 'performance' no solo sobre el franquismo, sino sobre la Catalunya de hoy

"¿Estatuas de Franco en el Born? ¡Si mi abuelo republicano se levantase!" La frase de la carta de Joan Maria Farell, de Vilassar de Mar, publicada a finales del mes de septiembre.  Esta fue, sin duda, una de las primeras reacciones que despertó el anuncio de que el Ayuntamiento de Barcelona había decidido instalar la estatua decapitada del dictador en el Born en el marco de una exposición sobre la memoria histórica. Era sin duda una  decisión chocantemal explicada por el consistorio, y con mucho riesgo de ser incomprendida. Después entró en juego la política, y lo de la estatua de Franco pasó de ser una exposición a una performance. No sobre el franquismo, no un ejercicio de memoria histórica, sino sobre la Catalunya de hoy.

"Polémica, controversia e incluso asco es lo que ha generado (y me genera) tener ver esta estatua en el Born Centre de Cultura i Memòria. Precisamente allí, donde ondea una senyera. Nos intentó robar nuestra voz, nuestra lengua y nuestra opinión, ¿y debemos tener allí plantado?" escribía Maria Castanyer, de Mataró.

¿SOLO SE PUEDE HABLAR DE 1714?

"En Barcelona hay muchas memorias históricas. Desde la de los judíos del siglo XIV, masacrados y expulsados (...),  pasando por la de los muertos del Corpus de Sangre del siglo XVII, la de los mártires de 1714, la de las luchas de la clase obrera del siglo XIX y, desde luego y entre muchas otras, la del franquismo", escribe Joan Miquel Ventós, de L’Aleixar, que añade en su carta: "Estas memorias existen. Es por eso que no entiendo la polémica que se ha creado en torno a la exposición sobre una visión crítica del franquismo en el Born. ¿Es que allí sólo se puede hablar de 1714? ¿Es que no es un lugar adecuado para hablar del franquismo? ¿Y, por último, tanta rabia provoca ver en la calle, a las puertas de esta exposición, una estatua decapitada de Franco?"

Al parecer sí, al menos a juzgar por las reacciones que levantó la estatua: un destrozo popular que acabó con ella literalmente en cuatro días. "El final de la escultura ecuestre del Caudillo, tumbada en el suelo por unos exaltados, nos ha hecho ver que (...) como sociedad todavía no somos lo suficientemente maduros para mirar nuestro pasado más reciente; para conocer y redescubrir las luces y sombras de la dictadura, el colaboracionismo, el silencio impuesto y nuestra propia desmemoria", denuncia Jordi Zabala, de Rubí. "Desgraciadamente nuestra historia es una pesadilla de la que queremos despertar, pero si no sabemos qué ha sucedido antes de nosotros, nunca seremos críticos con nuestro pasado y, por lo tanto, nunca podremos eliminar de nuestras calles e instituciones la libertad de la que todavía sigue gozando el franquismo", se lamenta Juan Carlos González, de Igualada.

ASIGNATURA PENDIENTE

Siendo cierto que la memoria histórica es una asignatura pendiente y que la estatua de Franco a muchos se les hace insoportable con sobrados motivos, es dudoso que quienes lanzaron huevos a la estatua lo hicieran solo al dictador. Algunos, tal vez muchos, de ellos apuntaban a la alcaldesa de Barcelona y al  espacio político que representa.  Ada Colau y los comunes no son franquistas, por mucho que no se declaren independentistas. Son estos tiempos políticos con sobredosis de momentos históricos y en los que casi todo alcanza la categoría de símbolo arrojadizo, desde los toros hasta los pregones de la Mercè, desde la estatua de Colón a Juan Antonio Samaranch. "Un día se abre el debate de si se ha de derribar la estatua de Cristóbal Colón; estos días se ha instalado en el Born una estatua decapitada de Franco; por no hablar de lo que se anuncia para el próximo año un referéndum, esta vez de verdad. Me pregunto: ¿Este es el gran debate que necesita el país? ¿Esta es la nueva política?", escribe Robert Sanahuja, de Vilanova i la Geltrú. Una pregunta, por cierto, cada vez más generalizada.

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